Mamdani: el camino hacia el comunismo está pavimentado con promesas

Hace un par de semanas, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (demócrata por Nueva York) enfrentó una pregunta: ¿el avance del socialismo en Estados Unidos podría convertirse en una «pendiente resbaladiza» hacia el comunismo? Ella se rio. «Quiero decir, no. Creo que eso es muy absurdo», respondió Ocasio-Cortez.

No obstante, el comunismo no tiene por qué comenzar con la promesa del comunismo. Puede comenzar con promesas de hacer que la vivienda sea asequible, garantizar atención médica universal, hacer que los ricos paguen la parte que les “corresponde” y otorgar a los trabajadores estadounidenses un mayor poder económico.

En 2021, años antes de asumir la Alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani declaró durante una conferencia de los «Jóvenes Socialistas Democráticos de América» que el propósito del movimiento no era simplemente aumentar la conciencia de clase, sino «ganar el socialismo». Además, hizo un llamado a multiplicar el número de socialistas electos e identificó un objetivo principal: «El objetivo final de apoderarse de los medios de producción».

Mamdani admitió que esta aspiración carecía de apoyo público «en este preciso momento». Ello no significaba abandonarla: significaba reorientar el enfoque para materializarla. Argumentó que los socialistas debían acercarse a las personas a partir de sus preocupaciones concretas, organizarse y construir, paso a paso, el respaldo requerido para consumar su propósito más radical.

Ahora, ¡Mamdani no está solo!

En una entrevista concedida a The New Yorker en agosto, se le preguntó a Megan Romer, copresidenta nacional de los «Socialistas Democráticos de América (DSA)», si las mayores corporaciones estadounidenses seguirían siendo de propiedad privada bajo el socialismo democrático. Romer defendió la propiedad pública de las industrias esenciales y, al ser interrogada sobre si creía en la posesión de los medios de producción, fue categórica: «Sí, lo creo».

En esa misma senda, Romer sostuvo que los DSA no intentan cambiarlo todo de la noche a la mañana: buscan trasladar de manera paulatina el poder económico de la clase multimillonaria a la “clase trabajadora”. Por su parte, la plataforma de los DSA exige explícitamente la propiedad pública de las mayores corporaciones e industrias esenciales de los Estados Unidos.

Esta coincidencia con el pensamiento marxista tiene profundas raíces históricas. Apoderarse de los medios de producción —trasladar el poder de los propietarios capitalistas a los trabajadores— es el punto central del manifiesto comunista de Marx y Engels. En este caso, la distinción radica en los tiempos: nadie se está sublevando de la noche a la mañana en las calles, como Marx creía en su época, mas sus preferencias políticas sí se están reconfigurando.

Sin embargo, hay una distinción clave: prometer la propiedad a la clase trabajadora no necesariamente implica que los trabajadores terminen ejerciendo ese poder; tampoco implica que los ilusos jóvenes socialistas lograrán el paraíso por el cual votaron.

Cuba ofrece el ejemplo histórico por excelencia. En los albores de la revolución liderada por Fidel Castro, la mayoría de las personas estaban de su lado. Inicialmente, la nacionalización se dirigió exclusivamente a las grandes empresas de propiedad extranjera, antes de extenderse a los negocios nacionales, dejando al Estado con el control del grueso de la propiedad productiva. Una proporción abrumadora de cubanos ha padecido por décadas la pobreza extrema, la escasez de alimentos y la represión política. Apenas unos pocos en la cúpula se benefician de “apoderarse de los medios de producción”.

El socialismo y el comunismo no son dos ideas completamente separadas que evolucionaron independientemente una de la otra: su parentesco ideológico se remonta al origen del marxismo.

Dentro de la tradición marxista-leninista, el socialismo se entiende como una etapa anterior en el desarrollo de la sociedad comunista, no simplemente como una alternativa a ella. Marx describió fases inferiores y superiores de la sociedad comunista, relación que posteriormente Lenin definió sin rodeos.

Dichos planteamientos no se limitan a ampliar los beneficios gubernamentales: se superponen directamente con ideas centrales del pensamiento marxista.

El socialismo democrático no existe en una caja perfectamente sellada, totalmente aislada de la doctrina comunista. No hace falta esperar a que ambas corrientes converjan: sus puntos de encuentro ya son reconocibles en las tesis que se discuten hoy.

No todos los socialistas democráticos modernos suscriben esa progresión, y muchos rechazan explícitamente el comunismo autoritario. Pero sus objetivos económicos declarados todavía pueden compartir fundamentos sustanciales con la teoría marxista.

La línea divisoria no es tan nítida como sugieren las etiquetas políticas. Las ideas inherentes a diferentes etapas de la teoría socialista y comunista se pueden entrelazar mucho antes de que una sociedad alcance algo similar al comunismo pleno.

La cuestión no es tanto si el socialismo democrático y el comunismo son idénticos, sino dónde confluyen sus concepciones sobre el capitalismo, la propiedad privada y el poder económico, y hasta dónde pretenden llevar esa transformación.

Desestimar entre risas los riesgos de tal proyecto sería ignorar las raíces intelectuales que vinculan las dos corrientes.

La cuestión no es únicamente dónde termina el socialismo democrático y dónde comienza el comunismo. Es hasta dónde se ha desdibujado esa frontera en las ideas que hoy se defienden; porque así como el camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones, el camino hacia el comunismo está pavimentado con promesas… y al final son lo mismo.


La versión original de esta columna fue publicada en inglés en The Daily Wire.

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