El viento muere en mi herida.
— Alejandra Pizarnik, «Nada»
La noche mendiga mi sangre.
En la remota Siberia, donde el río Obi serpentea entre bosques y pantanos, se encuentra una pequeña isla que a lo largo de los siglos permaneció al margen de los grandes acontecimientos que marcaron la historia de nuestra especie. Su nombre: Nazino. Allí, entre álamos, aguas frías y una dispersa vegetación, el paisaje parecía condenado a una muda existencia. Nada más falso. En mayo de 1933, aquella “tranquilidad” fue interrumpida por la llegada de miles de seres humanos. Pocos suponían que en ese insignificante pedazo de tierra se escribiría una de las tragedias más aterradoras del siglo pasado.
Durante el mandato de Joseph Stalin, la colectivización forzosa del campo, las hambrunas y la persecución de quienes eran considerados “enemigos del Estado” sumieron a millones de personas en la más abyecta miseria. A comienzos de 1933, mientras el hambre empujaba a incontables campesinos hacia las ciudades, las autoridades intensificaron los controles de residencia y las deportaciones. Carecer de los documentos exigidos, estar en el lugar equivocado o ser catalogado como un elemento “socialmente peligroso” bastaba para ser detenido. Bajo la promesa oficial de poblar y desarrollar territorios inhóspitos, miles de individuos fueron enviados a Siberia. Entre ellos había trabajadores, campesinos y personas cuyo único delito había sido intentar sobrevivir.
Así, a mediados de mayo del mismo año, cerca de 6.700 deportados llegaron a Tomsk, tras soportar extenuantes travesías en abarrotados vagones ferroviarios. Desde allí, las autoridades los montaron en barcazas que navegaron por el río Obi hasta las inmediaciones de Nazino. Hombres y mujeres, la mayoría debilitados por el hambre y el agotamiento, fueron apeados en una isla pantanosa, sin viviendas, herramientas ni provisiones suficientes. Tampoco contaban con medios para protegerse del frío siberiano; a su alrededor, únicamente agua, barro y matorrales. El asentamiento productivo proyectado por la burocracia soviética terminó siendo una trampa mortal: miles de personas quedaron abandonadas a su suerte.
Los horrores se desataron casi de inmediato. Las autoridades apenas disponían de harina de centeno para sustentar a la desterrada multitud, pero la isla carecía de hornos, utensilios y condiciones mínimas para preparar comida. Sin alternativas, muchos mezclaban la harina con agua del río y se llevaban la mezcla cruda a la boca; otros intentaban improvisar hogazas sobre brasas. Las enfermedades intestinales, el frío y la debilidad pronto cobraron sus primeras víctimas. La distribución de las raciones causó tumultos, y los guardias recurrieron a la violencia para imponer el orden. Cada jornada agravaba la desesperación. En semejante infierno, conseguir un puñado de harina podía decidir entre unas horas más de vida y una muerte inminente.
El hambre acabó derribando los límites más elementales de la convivencia humana. Surgieron bandas que despojaban a los más débiles de sus escasas pertenencias, al tiempo que los cadáveres se acumulaban sin recibir una digna sepultura. No tardaron en conocerse episodios todavía más escalofriantes: varios deportados arrancaban carne de los muertos para alimentarse; otros atacaban a personas que aún respiraban. Los testimonios recolectados a la postre describieron cuerpos mutilados y actos de violencia tan atroces que desafiaban la más loca imaginación. En Nazino, la lucha por subsistir no solo conducía a la muerte; también convertía a algunos cautivos en verdugos de sus propios compañeros. Así, la isla adquirió un nombre que sobreviviría al silencio oficial: la Isla de los Caníbales.
Los horrores no yacieron ocultos por siempre.
Vasili Velichko, joven funcionario comunista que indagó en lo sucedido en Nazino, reunió pruebas clave acerca del hambre, los asesinatos y el canibalismo, y elevó un informe a las autoridades soviéticas. Sus denuncias impulsaron una investigación que puso al descubierto la dimensión del desastre: de los miles de deportados enviados a la isla, una abrumadora parte murió… muchos desaparecieron… otros fueron trasladados en condiciones igualmente precarias. Las averiguaciones señalaron graves responsabilidades administrativas; sin embargo, las sanciones resultaron limitadas frente a la magnitud de los hechos. El expediente estuvo escondido por décadas entre los archivos del Estado soviético, hasta que su desclasificación sacó a la luz uno de los pasajes más siniestros del estalinismo.
Nazino no fue una aberración surgida en la periferia del poder soviético, sino una consecuencia del odio por el individuo. Allí, el ser humano dejó de ser un fin en sí mismo para mutar en una cifra, una carga administrativa, una pieza prescindible de un proyecto colectivista… y la inanición consumó la tragedia. Aproximadamente un siglo después, Nazino perdura como monumento a una certeza perturbadora: cuando el Estado se arroga el derecho de sacrificar personas en nombre de un supuesto “bien común”, la barbarie ya no necesita monstruos: con funcionarios obedientes le sobra.

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