«El antisemitismo (no simplemente el odio a los judíos), el imperialismo (no simplemente la conquista), el totalitarismo (no simplemente la dictadura)… han demostrado que la dignidad humana necesita una nueva garantía».
— Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo (1951), prefacio a la primera edición. Traducción propia de un fragmento del original inglés.
Acto I — El Muftí de Jerusalén y la instrumentalización religiosa del antisemitismo
La historia del conflicto entre árabes y judíos durante el Mandato Británico de Palestina exige detenerse en la figura de Hajj Amin al-Husseini (1895-1974), nacido en Jerusalén en el seno de una prominente familia musulmana. Formado en estudios islámicos y vinculado desde joven al nacionalismo árabe, fue nombrado Muftí de Jerusalén en 1921.
Su influencia trascendió el ámbito religioso: se erigió en una figura central del nacionalismo árabe-palestino y contribuyó a revestir de legitimidad religiosa la oposición al sionismo.
Al-Aqsa como instrumento político
Al-Husseini supo aprovechar la importancia de los lugares sagrados de Jerusalén para movilizar a la población. En un contexto de tensiones por la inmigración judía, el sionismo y el futuro político de Palestina, agitó el fantasma de una amenaza sionista sobre los santuarios musulmanes. La disputa en torno al Muro Occidental, sagrado para el judaísmo, pasó a ser un foco de confrontación.
En agosto de 1929, una ola de violencia antijudía se extendió por varias localidades. Murieron 133 judíos y 116 árabes. En Hebrón, decenas de integrantes de la comunidad judía fueron asesinados, dejando devastada una presencia histórica en la ciudad. Pese a que no está demostrado que Al-Husseini organizara directamente los disturbios, su discurso agudizó las tensiones religiosas al arraigar la creencia de que las aspiraciones sionistas ponían en peligro al islam.
La lucha por el liderazgo palestino
El enfrentamiento entre Al-Husseini y familias políticas rivales, como los Nashashibi, reflejó las divisiones internas del nacionalismo palestino. Mientras algunos dirigentes favorecían estrategias pragmáticas, otros defendían una oposición más intransigente al sionismo. Las pugnas por el poder, la intimidación y la radicalización dificultaron el desarrollo de alternativas conciliadoras.
La sociedad árabe palestina jamás ha constituido un bloque monolítico. Ni entonces ni ahora. Reconocer esa diversidad ayuda a comprender que la confrontación permanente no era la única opción política existente, aunque las fuerzas más radicales estrecharan el margen para el entendimiento.
De la religión al antisemitismo político
Al-Husseini se valió de su autoridad religiosa para afianzar una interpretación excluyente del conflicto. Al presentar las aspiraciones nacionales judías bajo el signo de una amenaza para el islam, elevó la disputa política al terreno de la enemistad religiosa. Esta estrategia no solo intensificó la hostilidad hacia los judíos, sino que dificultó la posibilidad de concebir una convivencia entre comunidades con proyectos nacionales contrapuestos.
Su trayectoria debe analizarse sin atribuir sus ideas al conjunto de los musulmanes ni a la sociedad palestina. La responsabilidad histórica corresponde a aquellos que promovieron discursos antisemitas y los emplearon para la movilización política.
De Jerusalén a Berlín: la alianza con el nazismo
La radicalización de Amin al-Husseini adquirió alcance internacional a raíz de sus acercamientos a las potencias fascistas europeas. Desde 1933 mantuvo contactos con representantes de la Alemania nazi, cuyo antisemitismo consideraba compatible con su oposición al establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina. Tras abandonar Medio Oriente, llegó a Berlín y se reunió con Adolf Hitler el 28 de noviembre de 1941. Allí solicitó respaldo alemán para la independencia árabe y la eliminación del proyecto sionista en territorio palestino. Hitler engarzó esas pretensiones con la política antijudía del Tercer Reich.
Su cooperación no se limitó a la diplomacia. En plena Segunda Guerra Mundial, el muftí participó en emisiones radiofónicas de propaganda antisemita dirigidas al mundo árabe e incentivó el reclutamiento de musulmanes para unidades militares del Eje, incluidas las Waffen-SS. Sus objetivos políticos no coincidían enteramente con los planes de Berlín; no obstante, sostuvo esa relación hasta el final de la contienda.
Sus nexos con Hitler marcaron el capítulo más sombrío de su carrera: el dirigente que había otorgado legitimidad religiosa a la hostilidad hacia los judíos terminó asociado con un Estado dedicado a perseguirlos y exterminarlos. La responsabilidad fundamental por el Holocausto recae en la Alemania nazi y sus colaboradores. Reconocer la participación de Al-Husseini no supone asignarle por decreto un papel decisivo en la planificación del genocidio, pero tampoco permite ignorar su complicidad política y propagandística.
La historia de Hajj Amin al-Husseini revela la magnitud que puede cobrar la instrumentalización religiosa del antisemitismo. Su pacto con el nazismo no se redujo a un episodio aislado: encarnó su radical oposición al movimiento sionista.
El siguiente acto abordará su intervención en la contienda mundial y sus vínculos con la maquinaria propagandística y represiva del Tercer Reich.

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