«Vencerás cuando estés dispuesto a pronunciar el juramento que yo hice al comienzo de mi batalla; y, para quienes quieran saber el día de mi retorno, lo repetiré ahora para que lo oiga el mundo: “Juro, por mi vida y mi amor a ella, que jamás viviré para el provecho de otro hombre, ni le pediré a otro hombre que viva para el mío”.»
— John Galt, protagonista de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand
La muerte es el recordatorio más severo de que no existen las segundas oportunidades en términos ontológicos del tiempo. Quienes le piden al ser humano que se sacrifique hoy, que apague su mente y que postergue su alegría por el bien de otro, bajo la promesa de un mañana eterno que nadie ha podido probar, solo buscan parasitar su presente y someterlo a un sistema de culpa inmerecida para dominarlo. Frente al hecho absoluto y natural del fin, la moral coherente con la naturaleza humana no nos exige resignación ni misticismo: nos da la posibilidad de la propia felicidad aquí y ahora, sobre esta Tierra.
NOTA: Esta es la quinta y última entrega de la serie. Puedes leer la primera parte AQUÍ, la segunda AQUÍ, la tercera AQUÍ y la cuarta AQUÍ.
V: Conclusión — acerca de la muerte y la felicidad
Papá Marco y Mamá Mi ya no deambulan por mis pasillos. Este fue mi primer cumpleaños sin ellos. No comparten conmigo vacaciones ni almuerzos. No puedo ver con él un partido de fútbol, ni hablar con ella de religión. Ya no escucho sus voces por más que las recuerde a la perfección… no existen más. No obstante, existieron; fueron mi refugio contra las peores pesadillas de mi infancia… y hoy son cenizas. De forma poética podremos decir que «viven» en mi memoria, y allí tengo la oportunidad de convertir su ausencia en recuerdo grato que me sirva de gasolina. El universo, ante su partida, sigue y seguirá en su sordo silencio metafísico. No puede prometerme que los veré de nuevo: ellos ya no existen y el universo no tiene voluntad en términos humanos. Pero en ese silencio, ante la ausencia de una promesa de reencuentro, el hombre racional, lejos de caer en el —cobarde— absurdo y la «desesperación kafkiana»1, encuentra su máxima liberación. Ante la ausencia de un guion divino —de una vida condenada a repetir patrones—, uno tiene la oportunidad y la obligación de tomar el control absoluto de su existencia.
No existe mayor bendición, ni mayor responsabilidad, que entender que el sentido de la vida lo decide uno mismo y, por lo tanto, uno lo crea con cada juicio: con cada concepto válido que integra y con cada acto de voluntad. La felicidad no es un milagro que se espera, ni una factura a ser cobrada en otra vida: es el estado de dicha no contradictoria que se conquista cuando se vive de forma racional y en sintonía con la realidad. La muerte es un absoluto metafísico inevitable; la infelicidad, en cambio, es una opción irracional. Frente a la tumba de los pilares del pasado, elevo mi mirada al presente y creo mi futuro. ¡Elijo la vida!
«En nombre de lo mejor que hay en ti, no sacrifiques este mundo a quienes son lo peor de él. En nombre de los valores que te mantienen vivo, no dejes que tu visión del hombre sea distorsionada por lo feo, lo cobarde, lo necio que hay en los que nunca han merecido ser llamados hombres. No dejes de tener presente que el estado apropiado al hombre es una postura erguida, una mente intransigente y un paso que recorre caminos ilimitados. No permitas que tu fuego se extinga, chispa tras irremplazable chispa, en los desahuciados pantanos de lo aproximado, lo casi, lo aún no, lo nunca jamás. No dejes que el héroe en tu alma perezca, en solitaria frustración, por la vida que merecías pero nunca has sido capaz de alcanzar. Examina tu recorrido y la naturaleza de tu batalla. El mundo que deseabas puede ser alcanzado, existe, es real, es posible, es tuyo.»
— John Galt, protagonista de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand
Nota al final
- Cuídese del kafkiano, pues, ante el convencimiento de que no se puede lograr nada en el sinsentido de la existencia —de su existencia—, no encontrará límites ni barreras morales que frenen lo que él cree que es su voluntad. Su conducta, por cierto, es impredecible: para él nada tiene sentido, todo es gris y oscuro, hasta su propia alma. ↩︎

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