La metafísica del fin: meditaciones sobre la muerte (IV)

«Nosotros no creemos que este mundo sea un reino de miseria en el que el hombre esté condenado a la destrucción. No pensamos que la tragedia sea nuestro destino natural ni vivimos con un temor crónico al desastre. No esperamos el desastre hasta tener una razón específica para esperarlo y, cuando lo enfrentamos, somos libres para combatirlo. No es la felicidad, sino el sufrimiento lo que consideramos antinatural. No es el éxito, sino la calamidad lo que consideramos una excepción anormal en la vida humana.»

— Ragnar Danneskjöld, uno de los héroes de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand

Comprender con certeza las causas de los hechos que nos rodean suele ser complicado. Y, dado que lo emocional nos mueve en última instancia —lo que no contradice que, en el fondo, sean las ideas las que realmente nos mueven—, es natural que el ser humano, si carece de una adecuada formación filosófica integrada, confunda el entendimiento racional y lógico de las causas de ciertos fenómenos con el entendimiento emocional. Es decir, que busque en las emociones —en cómo se siente— la explicación causal de determinados aspectos de la realidad, y no al revés, dejando así lo lógico y racional fuera del proceso de comprensión.

No obstante, en ocasiones, incluso después de dilucidar las causas reales de un evento, esa explicación no logra satisfacer nuestra necesidad emocional —nuestra emoción sigue estando en contra de lo que dicta la realidad—. En el fondo, pretendemos que nos den la razón: que la realidad se ajuste a un sentimiento cuya intensidad nos hace percibirlo, en ese instante, como absoluto.


NOTA: Esta es la cuarta entrega de la serie. Puedes leer la primera parte AQUÍ, la segunda AQUÍ y la tercera AQUÍ.


IV: Tercera meditación — la humanización de lo metafísico

Mientras menos conocimiento críticamente almacenado tengamos, menor será nuestra capacidad emocional de responder a un acontecimiento crítico. En efecto, el cerebro —la corteza prefrontal, para ser más exactos—, a la hora de tomar decisiones, busca primero, en nuestro conocimiento críticamente almacenado (no memorizado), respuestas cognitivamente conectadas al problema que enfrentamos1. En caso de que no exista conocimiento pertinente o este no se encuentre cognitivamente vinculado a la situación, el cerebro acude a otros recursos disponibles. Será entonces el subconsciente el que termine por intervenir, y la dificultad radica en que este reacciona, primariamente, con emociones. Ergo, terminaremos decidiendo de forma emocional y no racional.

Tampoco se trata de reprimir emociones. Por el contrario, se requiere voluntad para identificar la conexión entre lo que sentimos y la idea que lo origina. Recuerde que toda emoción surge de una evaluación previa: una idea que actúa como lente o filtro para juzgar algo como bueno o malo y producir, en consecuencia, una respuesta emocional congruente con ese juicio. Por lo tanto, es normal sentir tristeza y dolor ante la muerte de alguien cercano. La pérdida de un valor —de lo que hemos estimado bueno— provoca una reacción acorde con las circunstancias. Hay otro matiz importante: las emociones, al igual que la verdad y el conocimiento, son contextuales, no absolutas; ello no significa que sean subjetivas. En tales condiciones, sentir tristeza es una respuesta natural y puede resultar valiosa, pues nos orienta a recuperar aquello que apreciamos o, en su defecto, a encauzar nuestra conducta hacia puertos emocionales idóneos. Entonces, la tristeza no es buena ni mala a priori: debemos considerar el contexto en el que se manifiesta antes de calificarla; lo mismo aplica para las ideas y verdades a las que decimos adherir.

Siendo natural que las emociones formen parte de nuestras reacciones a lo que nos ocurre, el intento de darle una dirección a la realidad, en virtud de lo que sentimos, es nuestra primera respuesta. Anhelamos que sea diferente y, para aliviar esa tristeza o dolor, imaginamos que hay una entidad detrás que concede un sentido mayor o que todo se acomodará a nuestro favor. No advertimos la oportunidad de extraer una enseñanza de lo metafísicamente fáctico, que por definición aportará mayor seguridad para el futuro. En contraste, solo percibimos un obstáculo emocional.

Las frases «los planes de Dios son perfectos» o «todo pasa por algo» son una muestra clara de este sesgo. Se presenta una situación que usted no quiere, no desea o no espera, y se consuela acoplando la realidad a su emoción, en una suerte de rebeldía contra ella: «Dios creó la realidad; Dios lo sabe todo» y debe tener algún «plan mejor» para mí… ajá.

Inclusive si lo sucedido no es su culpa: le tocó una madre profundamente irresponsable que, por su negligencia, le causa numerosos problemas emocionales y psicológicos. Usted dirá: «Dios tiene un propósito conmigo»… La verdad es que no. ¿Quiere poner «universo», «energía suprema» o «la fuerza» en vez de «Dios»? ¡Hágalo! El universo no pretende enseñarle nada al haberle puesto una madre irresponsable y mala persona: lisa y llanamente, usted fue concebido mediante la fecundación de un óvulo.

No tenemos pruebas de algo más y, en tanto no contemos con ellas, no podemos tomar a la ligera cualquier clase de teoría o fábula impulsados únicamente por el alivio emocional que aparente brindarnos.

Recuerde el «ejemplo del médico»: usted no le da a su hijo agua de los manantiales del Himalaya cuando tiene alergia ni lo lleva a la podóloga si se enferma del pulmón. No. Usted busca al mejor especialista que pueda para asistirlo. Su competencia se fundamenta en la evidencia científica con la que desarrolla su trabajo, no en lo que su “signo ascendente” le dice. Uno debe actuar de la misma forma en la gestión de los escenarios emocionales, por más complejos que sean.

Entendamos una diferencia: no es lo mismo 1) humanizar las cosas que 2) tratar de entenderlas emocionalmente. En el primer caso, intentamos atribuirles características humanas a los existentes no humanos. ¿El fin? Familiarizarnos con estos y encontrar, hasta cierto punto, una supuesta guía para actuar frente a tales entidades.

Por ende, es muy normal observar que los dioses de las tribus menos avanzadas de la humanidad suelen ser espíritus humanos divinizados, cuya presencia se manifiesta en elementos de la naturaleza que dichas tribus no lograron descifrar: “el dios Sol”, “el dios Trueno”, “el dios de La Selva”, “La Madre Tierra”, “El Rey del Mar”, entre otros.

En cambio, tratar de entender emocionalmente consiste en conferirles a ciertos aspectos de la realidad un sentido coherente con lo que sentimos en ese momento. Nos reconforta creer que alguien nos cuida y que no estamos «solos» en la existencia; que nuestros errores obedecen a «algo» que trasciende sus causas reales, quizá algún “plan divino”; o que, así como el “Padre Creador” nos perdona con el mero arrepentimiento, nosotros podremos conseguir lo mismo con un hijo al que maltratamos durante toda su infancia (la etapa más crítica de la vida de ese ser humano).

De ahí nace la obligación judeocristiana de perdonar a quien “genuinamente” se arrepienta: ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

Si bien ante un mismo hecho uno puede humanizar la realidad y procurar entenderla emocionalmente, no son equivalentes. Distinguir ambos procesos nos permite identificar nuestros errores y corregirlos. La realidad simplemente es y opera según sus propias leyes; comprenderla y aprender de ella constituye nuestra única opción si queremos sobrevivir y ser felices. Así de sencillo: no disponemos de atajos espirituales ni meditaciones capaces de ofrecernos aquello que obtenemos a través del pensamiento crítico.

Con esa premisa, podemos estructurar una cadena emocional acorde con la realidad y evitar conflictos y contradicciones emocionales y psicológicas que solo nos conducirían a puertos de absoluta confusión. Descubrir cómo funciona el mundo exige esfuerzo; aceptar que las cosas son como son, sin que medie necesariamente una intención oculta que les conceda un sentido mayor, probablemente demande todavía más. Empero, si usted quiere ser feliz, hay un camino, uno solo: use su mente y, con fundamento en la realidad, construya su propio «yo».

Finalmente, no caiga en el absurdo camusiano a causa de la falta de respuestas del “universo”. Si eleva plegarias o dirige preguntas en busca de orientación a Dios o al universo, recibirá silencio. Salvo bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena, no figura registro ni prueba de que tales súplicas hayan sido atendidas. Que usted convierta un suceso en una señal es muy distinto de recibir una contestación a lo que ha preguntado.

Ese silencio metafísico puede parecernos un problema; en la práctica, sin embargo, representa una oportunidad. Dada la ausencia de respuesta de lo que no existe, usted puede tomar las riendas de su vida y, mediante el ejercicio de su mente, vivir por sí mismo. No hay mayor alegría que el orgullo de reconocer que posee el control de sus pensamientos y puede afrontar cuanto le sucede de tal manera que, frente a cada dificultad, alcance la felicidad por la tarea realizada, incluso si ello implica corregir un error.

En la próxima y última entrega, llegaremos a la conclusión de estas meditaciones sobre la muerte.


Nota al final

  1. El conocimiento, al igual que los recuerdos, se almacena en redes neuronales conocidas como «cognitos», organizadas según determinados patrones. Así, si asociamos la luz roja de un semáforo con la orden de detenernos, al percibir una señal roja será natural que nuestro subconsciente nos impulse a parar, aunque sea por un breve instante. De ahí que nos genere resistencia el uso de una luz roja para indicar el inicio de una carrera, por ejemplo.

    A fin de abordar mejor este proceso y la relación entre conocimiento, memoria y conducta, recomiendo consultar el libro Neurociencia: los límites de la libertad, del neurocientífico Joaquín Fuster, publicado por la editorial Paidós en 2012. ↩︎

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Metelo ahi, esa seria para un solo autor

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