Ladrón con licencia: el arte de robar sin falsificar

En el año 64 d. C., el emperador Nerón enfrentaba un problema que cualquier gobernante entendería: Roma acababa de arder, urgía reconstruirla y el tesoro no alcanzaba. Subir impuestos era peligroso, así que encontró un camino más discreto: le quitó plata a la plata. Cada denario empezó a llevar un poco menos de metal precioso y el Imperio pagó sus cuentas con monedas que parecían idénticas… aunque valían menos. Dos siglos después, la moneda romana casi no tenía plata. Roma no cayó solo por los bárbaros: cayó también por su tesorería.

Quince siglos más tarde, el rey Enrique VIII repitió la jugada en Inglaterra. Sus monedas pasaron de ser casi de plata pura a tener apenas un tercio. Con el uso, el cobre asomaba en la nariz del retrato del rey y el pueblo lo bautizó burlonamente como «el viejo Nariz de Cobre». Los ingleses entendieron lo que hoy olvidamos: cuando el que manda altera el dinero, no está administrando, sino cobrando.

Ahora piensa en don Hernando, el dueño de una ferretería en Bello (Antioquia, Colombia). Don Hernando ahorró durante diez años cien millones de pesos para comprar el local de al lado. Esta semana fue a negociarlo y descubrió que su plata ya no alcanza. El local es el mismo… lo que cambió fue el dinero. A don Hernando nadie le limó una moneda, porque ya no hay monedas que limar: hoy basta con crear pesos nuevos.

¿Pero por qué? El dinero es un bien igual que los demás. Si su cantidad crece más rápido que lo que se puede comprar con él, cada unidad vale menos. No es una opinión: es la inflación. Y si cada peso vale menos, el que tenía pesos guardados pierde. La pérdida de uno siempre es la ganancia de otro. Gana quien recibe primero el dinero nuevo, porque lo gasta con los precios viejos; gana quien debe, porque paga lo mismo con pesos más baratos. Si alguien hace esto con una imprenta en su garaje, termina preso por falsificador; si lo hace el sistema, se llama política monetaria.

Y aquí la deducción se vuelve incómoda. ¿Quién es el mayor deudor de Colombia? El Estado. Por eso no importa quién gane las elecciones, sea de izquierda, centro o derecha. Ningún deudor sufre si el dinero que debe vale menos, y menos aún si es el mismo que fija las reglas monetarias. Nerón lo sabía… y nuestros gobernantes lo saben de sobra.

La diferencia radica en que hoy el truco tiene manual. El Banco de la República tiene una meta de inflación del 3 % anual. Suena prudente, mas es el denario de Nerón con corbata: una regla burocrática que programa tu dinero para perder valor incluso cuando todo sale bien. Con esa meta cumplida, en diez años tus pesos pierden una cuarta parte de su poder de compra y, en 23 años, la mitad. Si la inflación supera la meta, según ocurrió en agosto, con un 6,24 %, el golpe es doble.

Por eso don Hernando hizo todo bien e igual perdió. Y por eso a ti, señor empresario, te pasa lo mismo con la caja de tu empresa cada día que la dejas quieta. No es mala gestión: es diseño. Mientras tú produces, alguien diluye. Y para que no mires hacia arriba, te señalarán al tendero o al supermercado, como si ellos imprimieran billetes.

La salida es la misma que buscó cada pueblo estafado por su rey: dinero que no se pueda devaluar por decreto, libertad para elegir en qué moneda ahorrar y un Estado que gaste solo lo que tiene. No esperes que los políticos lo propongan: ninguna gallina contribuye a su propio desplumaje.

Al falsificador del garaje lo persigue la Policía; al otro le pagamos el sueldo. Uno roba sin permiso; el otro, con licencia.

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Metelo ahi, esa seria para un solo autor

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