El viaje de Milei a España: de la Argentina que se levanta a la España que se hunde

En tanto Pedro Sánchez sigue aferrándose al poder con base en privilegios, deudas y pactos con quienes comparten sus prácticas, Javier Milei ha aterrizado en Madrid convertido en la prueba viva de que existe otra forma de gobernar. Una forma que no requiere comprar voluntades ni hipotecar el futuro: una forma que se atreve a decir que el colectivismo empobrece y que la libertad, aplicada de verdad, da resultados.

Milei no es un visitante más: es el dirigente que ha traducido en hechos lo que aquí todavía se discute como si fuera una provocación ideológica. Su discurso en la ONU fue una «declaración de principios». Denunció sin rodeos a esa burocracia internacional que legitima regímenes fallidos y agendas que no hacen más que limitar la soberanía de las personas. Reivindicó la libertad, la propiedad privada y la responsabilidad individual en calidad de valores irrenunciables. Sin pedir perdón, sin suavizar el lenguaje, con la contundencia que da la razón demostrada y sin rendir tributo a la hipocresía dominante.

Ese discurso no nace de la improvisación. Nace de una convicción clara y demostrable: que la prosperidad surge al permitir actuar a quienes crean, invierten y asumen riesgos, y no por la pretensión estatal de dirigir cada decisión económica. Que el conocimiento está disperso entre millones de individuos y que ningún planificador, por muy bienintencionado que se presente, puede sustituir el proceso de descubrimiento que únicamente el mercado libre posibilita. Que cada intervención que pretende “corregir” ese proceso acarrea más distorsiones, más privilegios y más pobreza. Estas no son abstracciones: son los fundamentos que, adoptados con rigor, han empezado a renovar la Argentina.

La evidencia está ahí, a la vista de quien quiera verla. La inflación alcanzó el 211 % anual en 2023; hoy, sus variaciones mensuales rondan el 2 %. Del déficit crónico se ha pasado al superávit fiscal. El gasto público desbocado ha experimentado un recorte real del 30 %. La lista de indicadores podría continuar. Millones de personas han salido de la pobreza tras el doloroso pero indispensable ajuste. La economía ha recuperado terreno, aunque con desempeños dispares entre sectores. No se ha logrado repartiendo privilegios ni comprando voluntades. Se ha logrado dejando de transferir recursos de los productores a los parásitos del Estado. Se ha logrado devolviendo a los ciudadanos el derecho a decidir sobre el fruto de su esfuerzo.

Frente a esto, ¿qué ofrece el Gobierno de Pedro Sánchez? Un espectáculo de supervivencia política disfrazado de progreso. Un presidente que ha transformado la Moncloa en un búnker de privilegios, que reparte indultos y amnistías a cambio de sillones, que defiende a grupos terroristas, que pacta con quienes insultan a España mientras predica unidad y que ha hecho de la deuda pública su instrumento predilecto de gobierno. Más de medio billón de euros adicionales de deuda. Impuestos que asfixian a quien trabaja. Una red de clientelismo que premia la lealtad política por encima del mérito y una corrupción que no es anecdótica, sino estructural: la de un sistema que necesita comprar apoyos, silenciar críticas y degradar las instituciones para mantenerse en pie. Ese no es un Gobierno: es un aparato de poder que se perpetúa a costa del país.

El socialismo y el intervencionismo que Sánchez ejerce y promueve siempre acaban igual. Décadas de promesas de igualdad que terminan en escasez. Décadas de “protección” que terminan en dependencia. Décadas de planificación que terminan en corrupción y mediocridad. España lo sabe mejor que nadie. Llevamos años bajo un Ejecutivo que ha preferido pactar con delincuentes y terroristas antes que defender el principio de igualdad ante la ley. El desenlace no es un misterio: una sociedad más dividida, una clase media más precaria, un país empobrecido y una democracia carcomida.

Milei representa exactamente lo contrario. Representa la idea de que el Estado debe limitarse a garantizar el marco de reglas y no pretender dirigir la vida económica. Representa la idea de que la prosperidad no se reparte: se genera. Representa la idea de que el único colectivo que merece respeto es el de los ciudadanos libres e iguales ante la ley. Su figura se ha erigido en un referente mundial precisamente porque ha tenido el coraje de aplicar estas verdades en un país que había sido devastado por un siglo de colectivismo.

España tiene ahora la oportunidad de observar ese ejemplo sin prejuicios. No se trata de importar un modelo extranjero. No. Se trata de retomar lo que nunca debimos abandonar. Se trata del sentido común y de la certeza de que la libertad no es un riesgo: es la condición previa de cualquier progreso genuino. Que el intervencionismo no es solidaridad: es la forma más efectiva de engendrar pobreza y privilegios. Y que, si un país elige cuidar a quien produce en lugar de premiar al rentista político, el futuro deja de ser una amenaza y vuelve a ser una posibilidad real.

Milei no viene a España a pedir nada. Viene a recordar, ¡a mostrar que es posible!, y a demostrar con hechos que la decadencia no es inevitable: es consecuencia de haber apostado, una y otra vez, por las ideas equivocadas y los dirigentes que las encarnan.

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