«No puedo aceptar la sumisión. No puedo aceptar la impotencia. No puedo aceptar la renuncia.»
— Dagny Taggart, protagonista de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand.
Existen mujeres de tal magnificencia que desafían cualquier intento de reducirlas a una categoría. Dagny Taggart es una de ellas. Nacida de la imaginación de la gran Ayn Rand, la protagonista de su «magnum opus», La rebelión de Atlas, es todo lo que está bien. Sinónimo de voluntad y determinación, encuentra en su trabajo una expresión de su propia individualidad; los ferrocarriles son su vida: su familia. Su inteligencia, belleza, seducción y clase conforman una combinación incomparable: letal y deslumbrante. Dagny irrumpe en cualquier escenario con un magnetismo que pocos pueden igualar. No obstante, detrás de aquella formidable empresaria hay una mujer como muchas otras que también son grandes: una que conoce la soledad, el desencanto y el anhelo de ser amada.
Dagny construye, dirige y ama, aunque sufre y, por supuesto, se equivoca. Francisco d’Anconia le rompe el corazón; Hank Rearden despierta nuevamente sus más ocultos deseos; John Galt la confronta con una posibilidad aparentemente inconcebible: anteponer su propia felicidad a la obstinación de salvar un mundo que va en picada. Su gallardía no reside en carecer de vulnerabilidades: reside en poseer una identidad que ninguna de estas logra borrar.
Octubre nos ofrece varias fechas para recordarnos la importancia de las mujeres en nuestras vidas. El 11 de octubre coinciden el Día de la Mujer Boliviana y el Día Internacional de la Niña; el 15, el Día Internacional de las Mujeres Rurales, cuyo trabajo sostiene innumerables actividades productivas; el 17, México conmemora el reconocimiento constitucional del voto femenino, ocurrido en 1953; y el 19, el Día Internacional de Lucha contra el Cáncer de Mama pone de relieve el valor de la salud y de quienes sobrellevan esta enfermedad.
Cuatro fechas, distintas realidades y una consideración que debería acompañarlas siempre: antes que integrantes de un colectivo, las mujeres son individuos. Tienen pensamientos, ideales, sentimientos, ambiciones y pasiones propios. Ninguna celebración, reivindicación o causa debería despojarlas de aquello que las hace únicas e irrepetibles.
Y mientras Donald Trump estrecha lazos con el chavismo, Abelardo de la Espriella busca reescribir la historia de su país desde el Museo Nacional de Colombia y las calles de Nigeria y, ahora, de Francia se agitan entre protestas, el mundo parece empeñado en demostrar que el poder, la violencia y las disputas ideológicas continúan ocupándolo todo. En medio de semejante desbarajuste, emerge una verdad que no admite concesiones: ninguna mujer nació para ser instrumento de batallas que no iniciaron.
Las mujeres han dado sobradas muestras de ser extraordinarias y de gozar, en no pocos aspectos, de habilidades superiores a muchas de las nuestras, las de los hombres. Aceptarlo no significa atribuirles virtudes por nacimiento, imponerles una manera correcta de ser mujeres ni elevarlas a la categoría de criaturas divinas. ¡En absoluto! Algunas alcanzan su realización al frente de grandes empresas; otras, cultivando la tierra, criando a sus hijos, investigando, escribiendo o abriendo caminos que nadie había imaginado para ellas. Ninguna mujer tiene por qué someter sus elecciones al juicio de las expectativas ajenas.
Dagny tampoco está obligada a representar a todas las mujeres. Su nombre es Dagny Taggart: su historia le pertenece. Y precisamente por eso resulta tan poderosa: porque nos recuerda que una mujer es capaz de amar profundamente sin renunciar a sí misma, erigir grandes cosas sin vivir para los demás y hallar en su propia felicidad la razón suprema para vivir plenamente en esta Tierra.
La libertad de una mujer comienza donde termina la pretensión externa de decidir quién debe ser. ¡Feliz Octubre Rosa!
Nota sobre la ilustración
Dagny Taggart, protagonista de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, y fuente de inspiración de esta columna, comparte determinadas características físicas y personales con la señorita María Angélica Gil, hermana de nuestro fundador, Cristian Toro, y una de las personas que más han apoyado este proyecto.
La decisión de representar pictóricamente a Dagny a partir de la figura de la señorita Gil surgió de nuestro equipo creativo y cuenta con su respectivo aval.
Necesitamos cada vez más mujeres como ella, como la propia Dagny Taggart, como las integrantes de nuestro Founding Circle y nuestro equipo de Staff Writers, y como tantas otras que comprenden que su mayor fortaleza habita en sí mismas, sin necesidad de correr a esconderse bajo las enaguas de una religión, del Estado o de cualquier otro comité.

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