La utopía de la abundancia: del marxismo “cooltural” al marxismo tecnológico

Mo Gawdat, ex CBO de Google X y escritor de varios libros, ofreció una entrevista a Steven Bartlett para su podcast The Diary of a CEO, en donde mencionó que su aspiración personal es buscar la felicidad para el mundo. Gawdat señala que, para él, el ideal marxista de igualdad y prosperidad para todos será posible gracias a la tecnología.

El entrevistado asegura que “no fuimos creados para trabajar” y compara la felicidad con la vida de las personas de América Latina, quienes, según él, ganan lo del diario y “salen a bailar toda la noche”, considerándolo el fin último de la humanidad. Bajo dichas condiciones, cualquier ser humano aceptaría, sin dudar, una RBU (renta básica universal) que le permita disfrutar sus deseos. Afirma también que hemos sido engañados: “ningún humano con apropiación de la RBU se empeñaría en crear un sistema de mercado o proyectaría una construcción para mejorar su entorno”.

Aunque reconoce que la RBU es “comunismo”, sostiene, a la vez, que representa el inicio de una sociedad más democrática y el fin del capitalismo que defiende Occidente. Este, a su juicio, es cruel, ambicioso y ególatra, y no se preocupa por lo que una persona deba hacer para sobrevivir en un mundo de suma cero, en el que predomina la acumulación de riqueza. Así, el capitalismo se convierte en la única barrera para la utopía de la abundancia que propone.

¿Cómo plantea Gawdat la utopía de la abundancia? Como un proceso basado en la evolución de la IA. Explica que, cuando se desarrolle la IAG (IA general), capaz de generar conocimiento por sí misma y sin intervención humana, será posible crear bienes con un costo energético mínimo. Añade que lo que esta IA producirá será muy económico y, de ese modo, las personas podrán acceder a lo que deseen sin necesidad de dinero. En ese punto, la propia IAG proveerá objetos que valoramos; por ejemplo, un iPhone construido prácticamente de la nada.

El ex CBO de Google X espera que la IAG reemplace la creatividad, la inventiva y el intelecto humano, lo que traería consigo la eliminación de empleos y de nuevas ofertas laborales. Ese desempleo masivo volvería imprescindible la RBU.

Calcula que, si se destinara el 10 % del gasto militar mundial a las personas en pobreza extrema, esta se erradicaría; y que, con un 12 % adicional destinado a salud, la humanidad podría alcanzar cobertura universal.

En la utopía de la abundancia, cuando la IAG acabe con la dependencia del dinero, se acabará la guerra: no habrá urgencia de mostrar poder a través de la riqueza. Entonces, la IAG podrá explicar de manera casi perfecta cada uno de los problemas del ser humano. Se acabará la clase media (encargada de proporcionar hombres y mujeres con ideas, emprendimientos y trabajo especializado) y se nos hará iguales a todos. Por último, se reemplazará el liderazgo empresarial —la llamada “era del dominio de la máquina”—. ¡Y advendrá, al fin, la tan anhelada era del comunismo que funciona!

Gawdat recalca que “tiende a creer que la única manera de llegar a un lugar mejor es que las personas malvadas en la cima sean reemplazadas por IAG”, pues los líderes que quieran prosperar tendrán que entregar sus negocios o proyectos a la IAG: si la competencia lo hace, tendrá mayor ventaja. Algo similar ocurrirá en la política: se elegirá IAG que gobiernen; de lo contrario, el capitalismo podría negar la distribución de la RBU.

Se equivoca Gawdat en varios conceptos. En primer lugar, al partir de la creencia de que el mundo es un “sistema de suma cero”, niega la infinidad de beneficios que el libre mercado otorga a los consumidores. No se trata de una simple transformación de materias primas: se trata del valor que se agrega a cada bien o servicio y que el consumidor aprecia, tal cual lo formuló Carl Menger en la teoría del valor subjetivo.

En segundo lugar, cae en el error de la “fatal arrogancia”, donde los intelectuales asumen que solo ellos pueden definir qué es lo mejor para la humanidad y, más atrevido aún, qué es lo que queremos en nuestra condición de especie. También desconoce los horrores del socialismo y el comunismo, ideologías que terminan en dictadura, coerción, violencia y opresión.

Pensar que una IAG puede asumir las funciones del Estado benefactor sin violar los derechos fundamentales es tan falaz como pensar en elefantes voladores. Robert Nozick lo expresa así: “cualquier Estado más extenso violaría el derecho de las personas a no ser obligadas a hacer ciertas cosas y, por tanto, no se justifica”.

En este sentido, Gawdat promueve una felicidad basada en la esclavitud: cambia la libertad y la iniciativa personal por una futura “cárcel de oro”. Agrupa a la humanidad en un conjunto de seres que entregarán sus más valiosas posesiones: su vida y su libertad, a cambio de “no hacer nada”. Revive la mentira marxista de “corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”, no con un dictador humano, sino artificial. Ojalá las futuras generaciones no caigan en el facilismo de la cárcel de oro; eduquémoslas para que no suceda.

Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde El Insubordinado

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo