El pasado viernes me tomé un café con un amigo que lleva 20 años construyendo edificios en Medellín. Tiene dos proyectos parados y la gente de la obra mandada para la casa. Le pregunté por el dato del DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), ese que dice que la construcción creció 2,2 % y salió de doce trimestres en rojo. Se rio como quien escucha un mal chiste. «Eso creció para los que tienen contrato con el Estado», me dijo, y remató: «Nosotros estamos en el piso».

Tenía razón. Las obras civiles (vías, puentes y contratos públicos) crecieron 17,1 %. Las edificaciones (la plata de familias que compran casa y de empresarios que levantan bodegas) cayeron 3,2 % y acumulan tres trimestres consecutivos de contracción. Construir cuesta 6,9 % más que hace un año y el crédito sigue caro. Las únicas grúas que se mueven en este país las mueve un contrato con el Gobierno.

Y eso no pasa solamente en la construcción. No. Pasa en toda la economía.

Piensa en un avión de cuatro motores: el consumo de los hogares, la inversión, el gasto público y lo que le vendemos al mundo. Todos los países vuelan con esos cuatro. Cuando uno se apaga, los otros tres aguantan y nadie se da cuenta. Cuando se apagan tres, el que queda no sostiene nada: nada más hace ruido.

El DANE informó que la economía creció 3,5 % en el segundo trimestre y hubo fiesta, aunque el gasto del Gobierno creció 12,2 %, más de tres veces el ritmo del país, y aportó 1,9 puntos de esos 3,5. ¡Más de la mitad del crecimiento lo pagó el Estado! El consumo de los hogares creció 2,8 %. Las exportaciones cayeron 1 % y las importaciones subieron 7,5 %. En el último año crecimos 2,9 % en promedio, pero sin el gasto público habríamos avanzado 0,9 %. Un motor a fondo y tres apenas girando. Ese avión no vuela: lo empujan los burócratas por la pista.

Ahora, la pregunta que nadie hace: ¿de dónde saca gasolina el motor del Estado? De los otros tres. ¡El Estado no produce nada! Cada peso que gasta proviene de los impuestos de hoy, de un crédito que pagará con los tributos de mañana o de la inflación: el impuesto que no se vota. El déficit fiscal cerrará en 7,8 % del PIB, según el CARF (Comité Autónomo de la Regla Fiscal). La deuda bruta ya va en 60,6 % del PIB. De cada cuatro pesos que tú pagas en impuestos, más de uno no va a un colegio ni a una vía: se destina a pagar intereses de deuda vieja. Y el mismo CARF calcula que para estabilizar esa deuda hace falta un ajuste de 5 % del PIB. Eso es lo que quema el motor del gasto. El ahorro que iba a ser una fábrica. El crédito que mi amigo necesitaba para su edificio. El empleo del maestro de obra que mandaron para la casa.

Keynes decía que cuando los privados no gastan, el Estado debe gastar. Lo que nunca aclaró fue cuándo parar. Bastiat sí lo dijo hace dos siglos: se ve la vía que inaugura el ministro, mas no se ve el edificio que no se construyó porque el crédito se encareció para financiarla.

Un avión con 50 millones de pasajeros no se sostiene con un solo motor, y menos con uno que se bebe la gasolina de los otros. Por eso, el recorte del Estado no es una bandera ideológica ni un capricho de nosotros los liberales: es la maniobra de emergencia. ¡Corresponde recortar el gasto ya! En serio: con cifras y no con discursos. Y nos toca pedirlo a nosotros, porque ningún piloto apaga el motor que le da aplausos mientras los pasajeros van callados.

Si un avión se incendia, nadie pregunta si la tripulación tenía buenas intenciones. Se apaga el fuego o se cae. Y en Colombia ya huele a humo… con el café todavía servido.

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