«A ver qué pasa este octubre», me dijo ayer un taxista, al conversar sobre las largas filas para cargar combustible y las recientes detenciones de figuras político-judiciales registradas de madrugada en los primeros días de este mes.
En Bolivia, nadie planifica grandes cosas en octubre porque nunca estamos seguros de qué pasará, pero sí de que ¡algo va a pasar! Las redes se inundan de memes y, en nuestros círculos de amigos, intentamos sobrellevar con humor esa expectativa; los políticos, en cambio, fruncen el ceño y preparan “planes de emergencia”.
Resulta curioso, porque el conflicto no es una palabra nueva para nosotros; es, más bien, una presencia habitual que incluso acabamos incorporando a nuestros cálculos cuando organizamos el año. Y, aunque las estadísticas no sitúan a octubre entre los meses más conflictivos, cada año la frase que abre esta columna vuelve a escucharse en las calles como un eco.
La explicación más simple de por qué octubre nos produce tantos anticuerpos está en aquellos acontecimientos que quedaron marcados en nuestra memoria. En 2003, los conflictos derivados de la Guerra del Gas hicieron de octubre casi una categoría política: «Octubre Negro».
En el marco de las protestas contra la exportación de gas natural a través de Chile, promovida por el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, más de 60 personas fallecieron y centenares sufrieron heridas tras la intervención militar. La crisis precipitó la renuncia del presidente y su salida del país.
Si bien existieron hechos políticos relevantes que se inscribieron en octubre con anterioridad a 2003 —la nacionalización de las minas en 1952 o la asunción democrática de Siles Zuazo en 1982—, octubre parece haber adquirido una personalidad propia a raíz de la cicatriz que dejó la Guerra del Gas y de la imagen de un pueblo ensangrentado enfrentándose al gobierno.
Esa imagen del oprimido frente al poder reapareció en 2011. En protesta por una carretera proyectada por la administración de Evo Morales, cuyo trazado atravesaría el territorio de los pueblos indígenas de tierras bajas, estos emprendieron una marcha desde Trinidad hasta La Paz que fue violentamente reprimida por la Policía en Chaparina. Pese a que los hechos tuvieron lugar a finales de septiembre, sus consecuencias políticas se hicieron visibles en octubre: los manifestantes llegaron a la sede de gobierno y, ante la presión social, Evo Morales paralizó el proyecto vial y promulgó la Ley N.º 180, que declaró intangible al TIPNIS y dispuso que la carretera no lo cruzara. El episodio evidenció una ruptura significativa entre el MAS (Movimiento al Socialismo) y sectores indígenas cuya representación, hasta entonces, el partido se jactaba de ejercer de manera prácticamente monopólica.
Octubre volvió a ser un dolor de cabeza para Morales en 2018. La Corte Internacional de Justicia de La Haya emitió un fallo adverso para Bolivia en la demanda marítima presentada en 2013 y ampliamente publicitada por su gobierno. De esta forma, quedó descartada la pretensión jurídica de obligar a Chile a negociar un acceso soberano al océano Pacífico para nuestro país.
En 2019, las elecciones del 20 de octubre dieron paso a una extensa ola de movilizaciones y protestas en Bolivia. Luego de la interrupción temporal de la transmisión rápida de los resultados preliminares, en un ambiente social ya caldeado por la cuarta postulación de Morales a la presidencia, miles de bolivianos se volcaron a las calles y comenzó el denominado «Paro de 21 días», el cual culminó con la renuncia de Morales tras cerca de 14 años de mandato.
En 2022, Santa Cruz de la Sierra inició un paro cívico indefinido para exigir la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda en la gestión 2023. Durante 36 días, la medida de presión generó confrontaciones y tensiones hasta desembocar en un acuerdo sobre la demanda.
En 2024, sectores afines a Morales desplegaron una serie de cortes de ruta en Cochabamba con la mira puesta en la habilitación del expresidente para una nueva candidatura presidencial. Ese mismo año fue designado fiscal general del Estado Roger Mariaca, el mismo hombre que fue arrestado en la madrugada de octubre de 2026, en medio de un escándalo que involucra la revocación de su visa estadounidense por presuntos vínculos con el narcotráfico y una ambulancia cargada de billetes que salía de su domicilio.
Este breve repaso histórico de nuestros últimos octubres deja claro que se perfila, al menos en nuestro imaginario, un patrón de comportamiento político-social vinculado al décimo mes del año. Sin embargo, ya señalábamos que Bolivia convive con conflictos todo el año y, a partir de 2014, con el agravamiento de la debacle económica que experimentamos, estos son progresivamente más frecuentes. De ahí la incógnita: ¿por qué octubre es el único mes que comienza con un largo suspiro de nuestra parte, del mismo modo en que nos preparamos para el clímax de una escena en una película de terror o de acción?
Quizá sea porque la experiencia nos ha enseñado a esperar este mes como un punto decisivo. Esa expectativa puede alterar nuestro actuar y, sin apenas advertirlo, nos encontramos pensando «en clave de octubre».
Otro patrón interesante es que los conflictos que estallan o alcanzan su auge en octubre suelen disiparse hacia mediados de noviembre, bajo la impresión de que el ambiente navideño suaviza el malestar social o nos concede una extensa pausa antes del retorno del conflicto postcarnaval. Octubre es un mes relativamente desprovisto de efemérides, festividades o largos feriados, por lo que operan menos mecanismos sociales de interrupción o descompresión de las tensiones acumuladas con anterioridad, hasta hacer de octubre casi el mes de la cosecha política, en lugar de su siembra.
Si algo nos queda claro a quienes gustamos de una mirada analítica de nuestra historia, siempre cíclica y rara vez intempestiva, es que, mientras Bolivia perdure, habrá muchos octubres para reflexionar sobre nuestra relación conflictiva con este mes. Entender la simbología que despierta, cómo influye nuestro sesgo retrospectivo en nuestra conducta y hasta qué punto esa memoria condiciona nuestra manera de vivir el presente nos plantea una pregunta: ¿esperamos octubre porque históricamente ocurren ciertos hechos… o ahora también ocurren porque ya aprendimos a esperarlos en octubre?

Deja un comentario