«La crisis de nuestro tiempo no enfrenta a la izquierda contra la derecha. Enfrenta a la razón contra el fanatismo; a la consistencia contra la contradicción; al liberalismo universal contra el autoritarismo sectario.
— Helen Pluckrose
El futuro de la libertad, la igualdad y la justicia será igualmente sombrío si la victoria pertenece a la izquierda posmoderna o a la extrema derecha.
Quienes valoramos la democracia liberal y el legado de la Ilustración, la revolución científica y la modernidad, tenemos la responsabilidad de ofrecer una alternativa mejor.»
Este es el capítulo final… pero la velada está lejos de acabar.
Colombia continúa sentada a la mesa. Cambian los invitados, las etiquetas, los tres clásicos tiempos de la cena —protocolos, discursos y promesas— y hasta los enemigos que cada uno necesita inventarse, porque al final todos se codean con todos y festejan con descarada complicidad. No obstante, prevalece una fascinación casi imposible de desterrar por los políticos que prometen imponer, al amparo del poder, la visión de país que juzgan correcta, “la que nos hará grandes”; desde los que “se la juegan por la vida” hasta los que son “firmes por la patria”. Eslóganes vacíos, promesas que no se pueden cumplir, pactos que no se pueden ni deben sellar y el miedo eterno a la traición de tus aliados; esa es la configuración política de Colombia… ESA.
Ya mostré las dos caras de ESA moneda: una izquierda que pretende anular al individuo en nombre de sus causas y una derecha que, mientras se proclama “defensora de la libertad”, termina incurriendo en buena parte de los vicios que con vehemencia condena en sus adversarios. También advertí sobre los oportunistas que abrazaron el liberalismo para luego abandonarlo cuando el poder les ofreció una silla en esa misma mesa medianamente bien servida donde tienen cabida todos los fascistas que mueven los hilos de la política en mi país. Sería profundamente injusto detenerme solo ahí: no todos han mudado de principios por proximidad al poder, ni todo aquel que hoy reivindica las «ideas de la libertad» en Colombia merece cargar con las imposturas de esos arribistas que instrumentalizaron nuestras ideas como trampolín para ganar posiciones.
Existen quienes, al menos por ahora, han demostrado que se puede defender la libertad sin convertirse en cortesano de ningún caudillo; cuestionar a la izquierda sin entregarse a la derecha; incomodar a los propios sin correr a buscar refugio entre los contrarios y, especialmente, mantenerse fiel a sus postulados sin importar que hacerlo deje de reportar aplausos. No sé qué harán mañana —tras algunas decepciones he aprendido a no extender «certificados vitalicios de coherencia»—, mas sí soy capaz de reconocer sus actuaciones hasta hoy. Entre los influencers liberales clásicos y libertarios colombianos, quiero detenerme en algunos.
Juan Camilo Pardo, autor de Colombianomics (Intermedio Editores, 2026), explica desde su perfil de Instagram «Economía Digerible» y con su célebre «Veamos los datos» al inicio de cada video cómo funciona la economía de nuestro país de manera clara, práctica y concisa. A través de una pedagogía sencilla, sustentada en cifras y gráficos muy puntuales, muestra sin titubeos qué se ha hecho bien y qué no, y nos ayuda a comprender por qué a Colombia le ha resultado tan difícil huir del estancamiento. Tuve, además, el gusto de entrevistarlo para El Insubordinado, en una conversación dedicada precisamente a la economía colombiana. Por supuesto, su análisis tampoco se circunscribe al caso colombiano: Pardo examina políticas implementadas en distintos momentos y rincones del planeta; por ejemplo, al abordar a Margaret Thatcher y su impacto en el Reino Unido.
Mateo Correal, por su parte, señala con integridad los desaciertos de la izquierda y de la derecha, sin conceder indulgencias a ninguna. Particularmente, no siempre estoy de acuerdo con él: en ocasiones puedo percibirlo muy rígido en algunos puntos o demasiado laxo en otros; condescendiente frente a unos e intransigente ante otros. Lo valioso acá es que está dando «la batalla de las ideas», exhibiendo una a una las incoherencias de ambas orillas. Quizá alguien pueda reprocharle que no plantee soluciones ni alternativas; sin embargo, su intención parece otra: invitar al ciudadano de a pie a someter sus propias convicciones a escrutinio a partir de las denuncias que formula.
Por último, pero no menos importante, tenemos a Camilo Guzmán Sáenz y a su equipo de cracks del action tank Libertank, entre quienes figuran dos buenos amigos: Salomé López y Jair Viana, este último, miembro del «Founding Circle» de El Insubordinado. Autor de Cómo enriquecer a Colombia (Paidós Empresa, 2025), Guzmán Sáenz, junto con su equipo, interpela, educa, incentiva y propone con un propósito que considero digno de exaltar: que toda persona dispuesta a sumarse a este gran proyecto trabaje para dejar, una vez trascienda, una Colombia mejor que la que encontró.
En estos tiempos tan complejos que nos ha correspondido vivir, coincidir con personas que parecen compartir las ideas que me mueven produce una satisfacción sinigual. Por favor, chicos: ¡no se desvíen! Suficiente tenemos con que el colectivismo de cualquier vertiente siga avanzando pese a la evidencia; suficiente tenemos con contemplar a un Javier Milei, otrora referente del liberalismo para mí, hoy desdibujado en múltiples aspectos que nos atañen —en materia sociocultural, por ejemplo—; suficiente tenemos con observar a Ricardo Salinas codearse con el imbécil de Agustín Laje: el exponente máximo del daño más profundo y difícil de revertir que han padecido nuestras ideas; suficiente tenemos con ver a mi gran amiga Gloria Álvarez respondiendo ante el Tribunal Supremo Electoral de Guatemala por sus aspiraciones políticas, mientras continúa defendiendo el derecho de los ciudadanos a presentar candidaturas independientes.
Hablando de Gloria… La fotografía de Donald Trump al lado de Delcy Rodríguez, tomada recientemente en Nueva York, ofrece una imagen bastante elocuente de las contradicciones que ella viene denunciando desde hace mucho: un fascismo que, en lugar de combatir el comunismo, lo multiplica. A la par que María Corina Machado enfrenta toda clase de impedimentos para regresar a Venezuela, Trump estrecha vínculos con quien fuera vicepresidenta de Nicolás Maduro. ¿De qué sirve proclamar una cruzada contra el socialismo si, dado el momento, sus promotores y sus presuntos enemigos comparten la misma mesa? Probablemente ese sea uno de nuestros mayores desafíos: entender que la libertad no se defiende sustituyendo un autoritarismo por otro, ni sacrificando los principios para derrotar al enemigo de turno.
Los extremos se tocan. El MAGA-Chavismo se exhibe sin pudor; el Abelardo-Petrismo se asoma a la vuelta de la esquina. Fascismo, nazismo, socialismo, comunismo: da igual cuál sea, es la misma basura colectivista; la mayor pandemia que, a mi juicio, ha asolado a la humanidad. Más de cien millones de muertos contabilizados. Deuda, pobreza, inflación. Hambre, miseria, dolor. No se detiene… y, con todo, me resisto a concederles la victoria.
No hace falta insistir en por qué, a mi criterio, Colombia es, básicamente, un modelo fascista administrado por fascistas. No. Creo que he sido muy explícito al respecto. Lo que me interesa ahora es otra cosa: qué vamos a hacer nosotros con las ideas que hemos heredado. No estudiamos a Rand, Mises, Hayek o Bastiat para recitar sus nombres, ostentar una superioridad intelectual imaginaria o hallar nuevas excusas para rendir pleitesía a los poderosos. Su legado merece algo más que admiración: exige estudio, pensamiento independiente y disposición a confrontarnos día tras día. No somos responsables de las decisiones de quienes nos precedieron; sí, de lo que hagamos con lo que nos legaron. Y si aspiramos a una Colombia mejor que aquella que nos tocó, que aquella que nos encontramos, el llamado es a aprender a discrepar sin renunciar a nuestras convicciones, a enmendar nuestros errores sin traicionar nuestra conciencia y a sostener nuestras ideas sin cederlas al primer advenedizo que nos prometa ejecutarlas. La velada con los fascistas continúa; nuestra responsabilidad, en calidad de liberales clásicos y libertarios, es ser los que construyen el alba. Quizá no logremos vislumbrarla. Quizá otros deban concluir lo que nosotros apenas vamos a comenzar. Eso sí, que nadie pueda decir que, teniendo la oportunidad de preparar el amanecer, preferimos acomodarnos a una mesa en donde cada bocado, apetecible en apariencia, al final, nos vuelva a saber a estiércol.

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