La Hipocresía Candelaria: el arte bogotano de negar a los amigos caídos

En la compleja geografía social de Colombia, se percibe un fenómeno particular: una especie de deslealtad estructural que parece filtrarse por los poros de ciertos estratos del poder. Frente a esto, la cultura de la Costa Caribe se erige en un referente de autenticidad, donde el carácter —entendido en términos de firmeza ética para expresar las convicciones con claridad y respeto, sin confundir sinceridad con agresividad— es un valor fundamental. Allí, la crítica se ejerce como instrumento para afianzar ideas, no para socavar personas.

Este ethos contrasta marcadamente con lo que algunos denominan, no sin ironía, «Hipocresía Candelaria»: la terrible tendencia a cultivar una imagen pública que niega las afinidades privadas y crea un vacío moral donde la lealtad se vuelve un commodity transaccional.

Esa dualidad se manifiesta con crudeza en las esferas política y social. Observamos cómo figuras públicas son cuestionadas por antiguas fotografías o asociaciones, y la reacción casi instintiva es la negación. Escasea la persona con el carácter suficiente para afirmar: «Sí, lo conozco», «Fue mi amigo» o «Compartí con él, pero ignoro sus otros negocios». La historia reciente está llena de ejemplos: desde quienes frecuentaron las fiestas de Pablo Escobar o se hacían invitar a la casa de Cartagena o al avión de Carlos Mattos, pasando por políticos sumidos en el desprestigio, hasta quienes compartieron tantas comidas con Samuel Moreno o celebraron en las haciendas de Salvatore Mancuso o en las reuniones de su casa de Montería. Hoy, esos mismos —incluso miembros de las élites bogotanas— afirman «no haberlos conocido realmente».

Este distanciamiento oportunista no constituye una mera cobardía social: es una bancarrota moral. La negación sistemática de vínculos pasados, en contextos desfavorables, revela una concepción utilitaria de la amistad. Aquí, la filosofía moral nos ofrece una lente poderosa para el diagnóstico. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, distinguió tres tipos de amistad: por utilidad, por placer y virtuosa o perfecta; esta última, fundada en la bondad del carácter y el deseo mutuo del florecimiento, es la más perdurable.

Las amistades que se desvanecen ante el menor indicio de inconveniencia pertenecen claramente al primer tipo: la amistad por utilidad. Son relaciones que existen en función de un beneficio —acceso, influencia, estatus— y se disuelven tan pronto dicho beneficio desaparece o se convierte en un costo. El verdadero carácter no se mide en la comodidad de la compañía en la cima: se mide en la disposición a reconocer un vínculo, aunque sea complejo, cuando el otro ha caído en desgracia. La anécdota del fallecido senador Luis Humberto Gómez Gallo, abandonado por todos salvo por un amigo que actuó por pura humanidad, es un testimonio conmovedor de esta rara virtud.

El problema trasciende lo personal y se instala en el corazón de la confianza pública. Los ciudadanos, al percatarse de que sus élites políticas y sociales se sientan a la mesa con todo tipo de actores —paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes— para luego negar cualquier vínculo, comprenden que esas mismas élites no solo practican la doble moral: erosionan los cimientos del contrato social legítimo. Niegan la evidencia de sus propias elecciones, pretendiendo que la sociedad sufra una amnesia colectiva.

No se exige que se justifiquen las acciones de un antiguo conocido. No. Se exige carácter: la integridad para no renegar cínicamente de un pasado compartido. Se puede decir: «Sí, fue mi amigo. No comparto sus errores y lamento sus decisiones»; o bien: «Nos relacionamos en un ámbito social, pero nunca avalé sus actividades». La elegancia moral reside en la capacidad de matizar, de asumir la complejidad de la vida sin recurrir a la negación cobarde.

La grandeza de una sociedad no se juzga por la perfección moral de sus individuos, sino por su capacidad para ejercer el juicio con honestidad y mantener la coherencia en sus relaciones humanas. Mientras prevalezca la amistad utilitaria sobre la virtuosa, seguiremos siendo testigos —y cómplices— de una cultura donde la lealtad es el primer sacrificio en el altar del oportunismo.

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