«Todo acto de rebelión expresa una nostalgia de inocencia y una llamada a la esencia del ser.»
— Albert Camus, L’Homme révolté (1951)
Había una niña que solía habitar este cuerpo. Ella bailaba ballet, patinaba, cantaba, pintaba, dibujaba, tejía, cosía, leía y reía mucho. Probó cada deporte posible y fue terrible en todos. Devoraba historias porque la suya le parecía muy aburrida. Tejía sus cuentos entre bordados y macramé, como le enseñó la abuela Cris, y así se la pasó, deliberadamente, los primeros doce años de vida. Llevaba una nutritiva dieta a base de galletas Oreo, Milo y zanahorias porque podía y las calorías no importaban. Bailaba en su habitación y le cantaba al espejo. Le sacaba la lengua a sus compañeros en el salón y ocasionalmente lanzaba algún «hijueputazo» en clase; de alguna forma, siempre sacaba las mejores notas y los profesores la querían.
Esa niña era valiente, rebelde, compleja, impaciente y, sobre todo, creativa.
Era tal que hasta su propio nombre se le hacía insuficiente. En uno de sus arrebatos, derrocó el rótulo de «Isabel» y obligó a la familia entera a llamarla María Helena durante unas buenas semanas. Afortunadamente, mamá intervino y nadie se cambió ningún nombre.
No sé en qué momento esa niña dejó de gobernar este cuerpo que hoy siento mío. Tampoco sé en qué punto me olvidé de ella, dejé de ser tan osada y comencé a saludar a esa cosa que llaman «miedo». Y claro, la niña lo conocía, pero no lo sentía; los niños no sienten eso.
Y esa niña aún pasa por mi lado y me saluda de vez en cuando. Hace muy poco fue a visitarme a la biblioteca. Huía del frío de esta ciudad y, por alguna razón, sentí la necesidad de hacerme invisible. Naturalmente, me rebusqué la esquina más escondida y remota para sentarme con mi libro y mi café sin ser encontrada por el frío o por algún universitario «intrometido».
La vi entre las estanterías, con ojitos curiosos, sin terminar de reconocerme. La noté un poco perdida, un poco sola y un poco asustada; detrás de todo eso, estaba satisfecha. Me preguntaba por «Gigue» y la mamá. Ya no me preguntaba por el papá. Quise abrazarla o que ella me abrazara a mí; antes de que pudiese salir de mi escondite, ella se esfumó. Olvidé que ella, al igual que yo, es escapista.
Y logro verla únicamente en esos instantes en que mi negación o mi miedo son tales que cobran forma, carne, hueso y voz; se desprenden de mi cuerpo y sale esa niña a recordarme, en su inocencia, que todavía hay una partecita en mi espíritu que no se puede domar: que la razón no explica ni tampoco controla.
Me ha hecho llorar sin razón o protestar caprichosamente. A veces ríe despiadadamente y quiere pasar sus tardes en mundos imaginarios que ella construyó y dejó para mí para que, ya lejos de casa, tuviera adónde ir. A veces se asusta porque en la independencia que tanto anhelaba y en el precio que se paga por ser libre está la abrumadora realidad de que estoy creciendo y va llegando un amanecer donde los sueños no te los cumple ninguna estrella. Y llega a ser tal el miedo que no quiere que coma para poder hacerme otra vez pequeña, para que, en la deliberada renuncia a aquello que le da forma a mi cuerpo, no tengamos que asumir aquella feminidad que distingue a una niña de una mujer.
La niña no es tonta y sabe que los adultos son más gentiles con los niños. Entiende que a los hombres les gusta la carne y no quiere dejarles de dónde ruñir. Y jamás sé, ni he sabido nunca, si todo ello nace de una protesta ante mis incoherencias o de su inexorable pavor a ser grande.
Solo sé que esa niña, de esencia líquida y fugaz, que ante el sol se evapora y se escurre entre mis manos con las corrientes, se mueve al son de los latidos de mi corazón y me conoce mejor de lo que me conozco a mí misma.
Me recuerda cómo agarrar un papel y un lápiz y tomarse la libertad de escribir una historia un poco más de ella y un poco menos mía para hacerla más honesta. Es en la juventud eterna de la niña donde también descubro que la vida no es tan seria, que nada es tan real y que en este cuerpo pueden habitar varias.
Pensé que la había abandonado años atrás y, sin embargo, es ella quien brilla cada vez que no me da miedo empaparme con la lluvia, me río sin razón o me inquieto por pequeñeces; es ella quien conserva esa habilidad para imaginar que se despliega exclusivamente en la infancia.
Y esa niña que se ríe y llora es esta misma que hoy escribe: la que gobernaba mi cuerpo mientras los años aún se contaban con los dedos de una sola mano.
Me pasaré la vida entera viendo a través de los ojos curiosos y ágiles de esa niña que, en la soledad, aprendió a transformar miedos en arte, a sacarle la lengua a quien pretende manipular su voluntad y, en algún momento, se inquietó por el mágico mundo de las letras.
Amada niña, no te me escapes nunca; sé que anhelas irte muy lejos. Si te vas, llévame contigo, porque sin ti no sé sentir; sin ti olvidaré la esencia de mi humanidad intensa. Enséñame cómo haces para ser inmune al tiempo e impermeable ante los miedos de la edad adulta; enséñame a reír una y otra vez para que no se me olvide nunca. Enséñame todo lo que sabes para conservar la honestidad de mis anhelos y el amor detrás de mis sueños.
La versión original de esta columna fue publicada inicialmente en el blog Isa Ramelli | Substack.

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