Colombia se ha convertido en un hervidero; o más bien, ¡sigue siendo un hervidero! Miles de personas especulan, hablan y opinan, la mayoría mal informadas, con ínfulas filosóficas o intelectualoides. Cada una se expresa sobre ética, “naturaleza”; critica a este o a aquel candidato o al actual mandatario, para acabar regresando a Uribe: para maldecir o bendecir. Santos y demonios elucubran y concluyen cuál hubiera sido el mejor presidente para el país, esgrimiendo a la vez los peores epítetos a quienes no votaron por el “mejor”.

La llama intensa del odio y el resentimiento aviva el hervidero: fuego de estatistas y socialistas que, con el fundamento ideológico del marxismo cooltural, pretenden prolongar por cuatro años la disputa preelectoral hasta sus últimas consecuencias, bien sea con la violencia terrorista o la de las calles (que al final son lo mismo). Ellos, que a través de la justificación sostienen que sus opciones siempre van a ser las mejores para gobernar, ostentan una actitud: la del racionalismo no crítico, que, según Karl Popper, es la de únicamente aceptar posiciones a favor de las cuales «solo existe una justificación que en último término se apoye en el razonamiento, en la experiencia o en una combinación de ambos». En una considerable proporción de los casos, el justificacionismo, además de desconocer el argumento opuesto, menoscaba a la persona.

Popper nos muestra la primera lección para todos mis nacionales, pues resulta muy difícil criticar las posiciones propias y muy fácil las ajenas. Es precisamente la actitud del racionalista crítico, en la que «predomina la disposición de escuchar los argumentos críticos y aprender de la experiencia» y se tiene como premisa axial el argumento y no la persona que lo sustenta, la que nos exige advertir en el otro una fuente potencial de raciocinio y de información aquilatada. Lo anterior implica reconocer que podemos estar equivocados y nuestra contraparte no, principio que, obviamente, los insensatos no aplicarán jamás; de ahí que discutir con ellos termine siendo una completa pérdida de tiempo.

Desde eras inmemoriales, el país se ha visto enfrentado a la disyuntiva de quién debe gobernar, pregunta que se atribuye originalmente a Platón y que ha tenido diversas respuestas, a saber: «el más fuerte», «el más sabio», «el más prudente», etc., etc., etc. La cuestión colombiana es que, por más de cuatro décadas, la respuesta ha sido: «el menos malo».

Esa fórmula nos llevó a escoger de la peor manera cuando se eligió a Gustavo Petro, autor del mayor desastre en materia económica, social y de seguridad que ha padecido Colombia; no contento con ello, quiso prorrogar ese legado, probablemente para debilitar al país y ponerlo a merced de una dictadura comunista. Es en este contexto donde surge la segunda lección de Karl Popper: la pregunta no es quién debe gobernar, pues, tal cual lo predican y justifican Petro, Cepeda, la JUCO y demás zurdos de mierda, los susodichos son quienes, de acuerdo con sus discursos, encarnan la “voluntad general” —opción que, a todas luces, es totalitaria y rechazable—. La pregunta que debemos hacernos es: ¿qué instituciones debemos erigir para minimizar el daño de los malos gobernantes? En el entramado de los Estados liberales, el Parlamento, el Poder Judicial y una opinión pública bien informada son instituciones de ese tipo.

No basta con aprender la lección. A tenor de la mínima protección que brindaron las instituciones a los colombianos durante el gobierno Petro y de la heroica labor que desempeñaron ciudadanos del común, influencers, periodistas y escritores para denunciar la desinformación de los medios tradicionales, el aprendizaje debe ser puesto en práctica, incluso con el nuevo presidente —cuya elección fue, sin duda, la más idónea en 2026—. Al respecto, replica Popper: «No se puede confiar en la bondad y la sabiduría de los gobernantes, ni aunque hayan sido elegidos cuidadosamente, de modo que no se puede delegar en ellos todo el poder político». Y nuestra responsabilidad, si queremos preservar este resultado, no es solo denunciar el engaño de los insensatos comunistas, sino, llegado el caso, los excesos de funcionarios y servidores que ejerzan cargos públicos: no puede ser excusa un fallo para que la izquierda retorne al poder.

En resumen, y considerando que Abelardo de la Espriella afirma tener el deseo de “cambiar la política para siempre”, se abre de cara a los ciudadanos la oportunidad de replantear nuestra mentalidad de raíz. No creo que el actual presidente de todos los colombianos sea moralmente inaceptable o ilegítimo, pero un gobierno no es una persona y un presidente no es un rey; por consiguiente, es menester separarse del justificacionismo. Bajo esa perspectiva, Popper escribe: «¿Por qué el pensamiento político no encara desde el comienzo la posibilidad de un gobierno malo y la conveniencia de prepararnos para soportar los malos gobiernos ante la eventualidad de que falten los mejores?». Esto nos orienta hacia otro enfoque del problema de la política, obligándonos a reemplazar la pregunta ¿quién debe gobernar? por ¿en qué forma podemos organizar las instituciones públicas a fin de que los gobernantes malos o incapaces no puedan ocasionar demasiado daño? La lección retrospectiva es: ¿qué hubiera sido de Colombia si las instituciones hubieran estado realmente organizadas para minimizar el daño infligido por los progresistas y por Petro?

Entonces, no es, exclusivamente, cambiar la política: es cambiarnos a nosotros mismos; entender que alguien puede tener razones válidas; evitar el justificacionismo; desconfiar de los gobiernos, sin importar cómo hayan sido elegidos; y, por sobre todo, identificar plenamente quiénes son los enemigos de la sociedad abierta y cuáles son sus fundamentos filosóficos. Karl Popper nos da señales: Platón, Hegel, Marx y la Escuela de Frankfurt. La cuestión no es nombrarlos únicamente: deben ser estudiados al detalle y debe dilucidarse el modo en que sustentaron la defensa de la sociedad cerrada.

De Platón se obtuvo la necesidad de los grupos políticos de permanecer unidos y cerrados para que no exista alternancia de la élite gobernante; esos son los consabidos: generaciones de primos, hijos y cónyuges que, de alguna u otra manera, viven de la teta del Estado. Para Hegel, prevalecen la adoración al Estado: la creencia de que la consecuencia inevitable de la lucha entre dos estadios contradictorios es uno nuevo, superior a los anteriores, y el nacionalismo que busca la conservación histórica de lo estatal; de ahí que lo que es bueno para el Estado sea bueno para el individuo, pues aquel representa “la razón y el espíritu nacional”. Y para Marx, que preconiza el principio de un futuro ineluctable y 100 % utópico, subyace la creencia de que la personalidad está determinada por la clase social. Además, Popper nos deja la mordaz crítica a la Escuela de Frankfurt con la frase: «el intento de realizar el cielo en la tierra ha producido siempre el infierno».

El estudio de las bases filosóficas del totalitarismo nos lleva a identificar a los pseudofilósofos de esas ideas, abanderados por Iván Cepeda, Gustavo Petro, artistas y activistas que se victimizan, se justifican e idolatran al líder de moda y, simultáneamente, son intolerantes con quienes creen en el racionalismo crítico. Popper también los menciona en su crítica a las teorías de control: «La tolerancia limitada conduce a la desaparición de la tolerancia, ya que, al ser tolerantes con los intolerantes, estos sostendrán que no hace falta someterse a los argumentos para defender una posición, con lo cual anularán física y psicológicamente a sus rivales». Por ende, la última lección popperiana es no callar frente a quienes nos quieren silenciar con violencia.

Hoy, como nunca, nos corresponde levantarnos con argumentos, con las herramientas legales, con la manifestación. Mantengamos el fervor por las ideas de la libertad; no dejemos que se apague. Que el amor por la sociedad abierta, por la palabra y por las convicciones correctas pulule por los poros y cristalice a través de la academia y de las instituciones. Es el momento de no asustarnos: es la hora de la libertad.

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