En el debate internacional sobre el conflicto en Medio Oriente, se advierte un paralelo incómodo con nuestra propia realidad colombiana que merece ser examinado. Así como algunos políticos y movimientos indigenistas contemporáneos reclaman tierras basándose en derechos ancestrales previos a la conquista española, podríamos extender esa misma lógica al caso de Israel; las conclusiones son reveladoras.
Si aceptamos la premisa de que los derechos territoriales ancestrales deben determinar la soberanía moderna, entonces el caso de Israel posee una legitimidad histórica innegable. El Antiguo Testamento —documento histórico reconocido por tres religiones monoteístas, incluido el islam— certifica de manera exhaustiva la presencia hebrea (luego judía) en estas tierras desde hace más de tres mil años; Jerusalén aparece mencionada más de 600 veces.
Los reinos de Judea e Israel florecieron siglos antes de que llegaran los romanos y rebautizaran la región como “Palestina”. Cabe recordar que, en árabe, no existe el fonema “P”: Palestina es un nombre derivado de los filisteos, pueblo no árabe y enemigo tradicional de los israelitas. La evidencia arqueológica muestra inscripciones en hebreo, monedas judías y restos del Templo de Jerusalén que confirman esta conexión milenaria.
Resulta curioso que quienes aplican rigurosamente el principio de “tierra ancestral” en América lo descarten completamente al analizar Medio Oriente. Si los muiscas o los aztecas tenían derechos sobre territorios que habitaban hace cinco siglos, ¿por qué ese mismo principio no aplicaría para el pueblo judío que habitó Judea dos mil años antes de la conquista musulmana?
La diáspora judía —forzada por sucesivas invasiones romanas, bizantinas y árabes— no extinguió el vínculo histórico. Durante dos mil años de exilio, los judíos conservaron su conexión con la tierra, orando tres veces al día por cumplir su anhelo de regresar a Sión y celebrando festividades ligadas al ciclo agrícola de esa región específica; por ejemplo, las denominadas Shavuot (Fiesta de las Semanas) y Sucot (Fiesta de los Tabernáculos), las cuales debían ser conmemoradas ascendiendo a Jerusalén.
Si hay un pueblo que ha pagado el precio de la historia a costa de exilio y persecución, ese es el pueblo judío. La narrativa actual, que presenta a Israel como un “Estado colonial” ignora voluntariamente una verdad incómoda: los judíos no “llegaron” a Tierra Santa, sino que regresaron después de dos mil años de destierro forzado y reiteradas invasiones que habrían borrado del mapa a cualquier otro pueblo.
La conexión judía con estos territorios no es un invento moderno. Comienza con Josué y se consolida con el Reino de Israel unificado bajo los reinados de David y Salomón (siglo X a. C.), con Jerusalén como capital y centro espiritual de la nación. Desde entonces, la historia judía es, una y otra vez, un catálogo de invasiones:
- ASIRIOS (722 a. C.). Destruyeron el Reino del Norte (Israel) y dispersaron a sus tribus.
- BABILONIOS (586 a. C.). Nabucodonosor echó abajo el Primer Templo y llevó cautivo el pueblo a Babilonia.
- PERSAS (539 a. C.). Aunque permitieron el retorno, mantuvieron el dominio sobre la región.
- HELENOS (332 a. C.). Alejandro Magno conquistó la región, seguido por los seléucidas que profanaron el Nuevo Templo.
- ROMANOS (63 a. C. – 135 d. C.). Pompeyo conquistó Jerusalén, seguido por la destrucción del Segundo Templo (70 d. C.) y la rebelión de Bar Kojba (135 d. C.), lo que condujo a renombrar la región como “Siria-Palestina”.
- BIZANTINOS (siglo IV-VII). Conversión forzada y persecuciones periódicas.
- ÁRABES (638 d. C.). Conquista musulmana que inició más de un milenio de dominio sucesivo.
- CRUZADOS (1099). Masacraron a la población judía y musulmana por igual.
- MAMELUCOS (1291-1516). Dominio basado en la explotación económica.
- OTOMANOS (1517-1917). Cuatro siglos de gobierno que dejaron la tierra semidesierta y subdesarrollada.
A lo largo de todos estos imperios, la presencia judía nunca desapareció de la tierra. Comunidades en Jerusalén, Safed, Tiberíades y Hebrón perduraron. Durante el período otomano, registros históricos señalan que Jerusalén tenía mayoría judía ya en 1844, décadas antes del primer congreso sionista.
Lo que ocurrió en 1948 no fue una “colonización”. Más bien, fue la restauración de la soberanía judía después de más de 1.800 años sin independencia nacional, tras siglos de dominio de sucesivos imperios e intentos de genocidio cultural y físico en decenas de países.
Siempre que los líderes palestinos sostienen que “los judíos no tienen derecho histórico sobre la tierra”, niegan no solamente la evidencia arqueológica y documental, sino la misma esencia de la justicia histórica. Así como la Grecia contemporánea revive la herencia helénica luego de atravesar siglos de ocupación otomana y Armenia restituye su Estado al sobreponerse a genocidios y dominaciones extranjeras, Israel representa el derecho legítimo de un pueblo a recuperar su hogar ancestral.
Si Colombia es hoy un Estado soberano cuyo derecho a existir no depende de disputas históricas prehispánicas, negarle esa condición a Israel constituye un doble rasero indefendible. La legitimidad de un Estado moderno, en palabras de Georg Jellinek, reside en su capacidad de mantener un territorio y ejercer soberanía sobre él, además de proveer derechos a su población y contribuir a la estabilidad regional.
La aplicación selectiva de ese principio es evidente: mientras a Israel se le exigen constantes concesiones territoriales basadas en interpretaciones históricas parciales, ningún país árabe aceptaría ceder su soberanía sobre territorios conquistados en distintos periodos históricos.
La próxima vez que alguien hable del “Estado colonial de Israel”, pregúntale: ¿qué pueblo puede documentar cerca de tres mil años de conexión ininterrumpida con una tierra —mediante literatura, oración y presencia física—, a pesar de haber sufrido más invasiones que cualquier otra nación en la historia? La respuesta apunta inevitablemente a un solo pueblo: el judío… y a una única tierra: Israel.
El conflicto israelí-palestino es multicausal y requiere soluciones prácticas que reconozcan las aspiraciones nacionales de ambos pueblos. Pero la deslegitimación histórica de Israel —especialmente desde sectores que defienden fervientemente derechos ancestrales en otros contextos— revela una inconsistencia intelectual preocupante.
La paz llegará cuando las dos partes acepten realidades históricas complejas, no cuando se pretendan anular tres mil años de conexión judía con su tierra ancestral. Al igual que Colombia construye su futuro reconciliando todas sus herencias de antaño, el camino hacia la paz en Medio Oriente requiere honestidad histórica sin dobles estándares.


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