«El precio de la libertad es su eterna vigilancia.»
— Frase atribuida a Thomas Jefferson
Esta probablemente sea una de las columnas más difíciles que he escrito.
No porque me falten razones para hablar de Estados Unidos. Todo lo contrario. Precisamente debido a que admiro profundamente el papel que desempeñó en la historia de la libertad, escribir un texto crítico en el marco de los 250 años de la Declaración de Independencia puede parecer, a algunos, fuera de lugar.
Lo entiendo.
Esta semana abundarán los artículos que recordarán a los Padres Fundadores, la Declaración de Independencia, la Constitución y el nacimiento de una nación que cambió para siempre la historia política de Occidente. Todos esos homenajes son absolutamente merecidos.
Sin embargo, vale la pena pensar qué estamos celebrando exactamente.
Hace 250 años, un grupo de hombres formuló una de las frases más influyentes de la historia política moderna: que todos los seres humanos nacen iguales y poseen derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Aquellas palabras no solo dieron origen a un nuevo país; ofrecieron una idea revolucionaria sobre el propósito del gobierno y los límites del poder. Justamente por eso este aniversario invita a recordar ese legado, pero también a preguntarnos cuánto de ese espíritu continúa vivo, a reflexionar sobre ello y a tener el valor de sacar a la luz lo que muy pocos quieren escuchar.
En 2023 fue la primera vez que viajé a Estados Unidos. Confieso que lo hice con gran ilusión y una imagen muy idealizada del país. Como muchos niños latinoamericanos, crecí imaginando este país a través de Hollywood y películas de Disney. Todo lo que escuchaba sobre él me daba la impresión de que aquí todo era posible.
El segundo Estado al que viajé y pude explorar con más tiempo, después de Arizona, fue California. Y al recorrer varias zonas de Los Ángeles y San Francisco encontré una realidad muy distinta a la que había soñado. Un montón de indigentes que nunca imaginé ver en una de las economías más grandes del mundo, consumo visible de drogas y una sensación de vulnerabilidad que, sinceramente, no esperaba experimentar. Me sorprendió descubrir que, en otros momentos, me sentí más tranquila caminando por ciudades latinoamericanas que suelen aparecer en los rankings más altos de inseguridad.
Recuerdo especialmente una noche de 2025 que tuve que regresar a Los Ángeles y me dirigía desde Palm Springs hasta Union Station en autobús, cuando recibí una alerta en el teléfono informando que se había decretado un toque de queda debido a las protestas que se desarrollaban en la ciudad. Resulta que ese día coincidía con el cumpleaños de Donald Trump y se desataron protestas de sus opositores en todo el país, especialmente en los Estados más demócratas (es decir, más progresistas o de izquierda). Al recibir la notificación ya nos encontrábamos muy cerca de la terminal, y al llegar allí me topé con un ambiente un poco aterrador: una fuerte presencia policial, personas visiblemente nerviosas y un clima de incertidumbre difícil de describir. Nunca imaginé sentir tanto miedo al llegar a una ciudad que durante tantos años había asociado con el llamado “sueño americano”.
Otra de las cosas que más me hizo reflexionar fue conversar con varios amigos que se trasladaron a los Estados Unidos con becas deportivas, cursaron sus estudios universitarios y hoy trabajan en empresas de primer nivel —Tesla, por ejemplo—. Conozco varios casos porque yo practiqué tenis por largo tiempo, y de ahí me quedaron varias amistades. Mis amigos son ciudadanos que pagan impuestos, generan valor, forman parte del desarrollo económico del país y han construido aquí su proyecto de vida.
No obstante, buena parte de sus conversaciones ya no gira en torno a su trabajo, sino a trámites migratorios, permisos temporales, renovaciones de visas, abogados y la zozobra de no saber si podrán permanecer en el lugar donde ya echaron raíces. Comprendo perfectamente que la inmigración ilegal representa un desafío enorme para cualquier Estado. Aun así, me cuesta entender que personas que hicieron todo conforme a las normas enfrenten tantos obstáculos para quedarse y seguir aportando al país en el que eligieron construir.
Podría pasarme páginas enteras contándoles muchas experiencias que me fueron aclarando el panorama real. En Grand Rapids (Michigan) me sorprendí por la cantidad de impuestos que se cobran por inmuebles. En Texas y West Virginia conocí profesionales que me explicaron el problema de las licencias ocupacionales y la burocracia del Estado estadounidense. En Nevada, de ida a Las Vegas, junto con unos amigos rentamos un carro y nos tocó recibir una multa por algo que ni siquiera hicimos y que el oficial de policía no supo explicar, haciéndome dudar hasta de la transparencia de estas instituciones. En Nueva York y Atlanta observé sectores sucios, descuidados y con abundante propaganda ajena a las ideas de libertad que tan genuinamente caracterizaron al país.
Lo curioso es que ninguna de estas experiencias, por sí sola, habría cambiado mi percepción de Estados Unidos. Fue la acumulación de pequeñas conversaciones, escenas cotidianas y preguntas la que acabó haciéndome reflexionar. Un impuesto aquí, una regulación allá; una ciudad más deteriorada de lo que imaginaba; un amigo brillante atrapado durante años en un trámite migratorio. Ninguno de esos hechos explica por completo lo que ocurre; juntos, en cambio, dibujan un interrogante difícil de ignorar.
¿Qué está pasando con Estados Unidos?
Sería muy fácil interpretar esta columna como una mera crítica al país. No lo es. La intención es exactamente la opuesta. Por un lado, me gustaría aclarar que las experiencias de viaje que he tenido por aquí también han sido bastante buenas; algunas, incluso, memorables. Ir a Magic Kingdom en Orlando, visitar la Estatua de la Libertad, ver jugar baloncesto a LeBron James con Los Angeles Lakers, conocer los headquarters de Apple y Google en Silicon Valley, aprender a usar armas en defensa personal en Arizona, bailar música texana en Austin, hacer kayak en Grand Rapids, alucinar con los hoteles de Las Vegas, estudiar casos admirables de jurisprudencia en la Arizona Supreme Court, visitar museos históricos en Washington y Pennsylvania, ir a las playas de Florida… podría mencionarles innumerables episodios que me hicieron admirar realmente este país y tenerle mucho cariño. Por otro lado, creo fervientemente que Estados Unidos hizo aportes fundamentales a la historia de la libertad; por eso considero indispensable plantear esta pregunta en un aniversario tan simbólico.
La Declaración de Independencia estableció que todos los seres humanos nacemos con derechos inalienables y que los gobiernos se concibieron para protegerlos, no para concederlos. Esa idea transformó la historia política moderna. Inspiró revoluciones, literatura y movimientos en defensa de la libertad alrededor del mundo. Por eso la grandeza de Estados Unidos nunca consistió únicamente en su riqueza o en su poder: residió en haber recordado al mundo que el objetivo de un gobierno no es dirigir la vida de las personas, sino permitirles perseguir libremente su propio proyecto de felicidad.
Doscientos cincuenta años después, la prueba sigue en curso.
La libertad nunca ha sido un destino al que se llega definitivamente. Es un equilibrio que debe preservarse generación tras generación. Ninguna sociedad está vacunada contra el crecimiento del poder político, el exceso regulatorio, la expansión del gasto público o el debilitamiento de las instituciones que contribuyeron a su prosperidad.
Esa es la mayor lección que me dejaron todas las experiencias que tuve aquí: no existe un país inmune al retroceso. Ni siquiera aquel que durante tanto tiempo fue el mayor referente de las ideas de la libertad.
Por eso creo que este aniversario requiere algo más que fuegos artificiales: requiere reflexión. Porque las naciones no dejan de ser libres de un día para otro. La pérdida suele ser gradual, casi imperceptible. Una regulación más, un impuesto adicional, un trámite más largo, una institución que se debilita lentamente: cada cambio parece pequeño cuando se observa de manera aislada; el resultado solamente se vuelve evidente con el paso de los años.
Quizá por eso la frase atribuida a Thomas Jefferson continúa teniendo tanta vigencia: «The price of freedom is eternal vigilance.» No basta con celebrar la libertad que heredamos; es necesario preguntarnos si seguimos protegiéndola y mereciéndola.
Y tal vez esa sea, precisamente, la pregunta que deberíamos plantearnos este 4 de julio.
Si hace 250 años la promesa era garantizar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, la pregunta clave que corresponde formular hoy no es cuánto ha prosperado Estados Unidos, sino cuánto conserva de aquel ideal que lo convirtió en un referente para millones de personas alrededor del mundo.
Porque las conmemoraciones más importantes no solo miran hacia atrás. Sirven, además, para preguntarnos hacia dónde queremos ir.
Y esa es la pregunta que debemos hacernos este 4 de julio: ¿Qué estamos celebrando? ¿La historia de una nación extraordinaria o los principios que hicieron posible esa historia?
¡Feliz 4 de julio de 2026!


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