Entre medallas y banderas: la política detrás del deporte

Existe la idea de que el deporte y la política son mundos separados: que el estadio es un paréntesis donde las tensiones del mundo quedan afuera. La FIFA la repite como un mantra. El Comité Olímpico Internacional la convirtió en doctrina. Y, sin embargo, la historia los desmiente cada vez que puede.

El deporte de alta competencia, y en particular los grandes torneos internacionales, nunca fue un espacio neutral. Fue siempre una arena donde los Estados esculpen su imagen, construyen relatos y disputan poder por otros medios. Joseph Nye, politólogo de Harvard, llamó a eso “poder blando”: la capacidad de influir no por la fuerza sino por la atracción, el prestigio y la narrativa que un país logra instalar sobre sí mismo ante el mundo. En contraste con el “poder duro, militar y económico”, el “poder blando” seduce en lugar de imponer. Y pocos instrumentos lo ejercen con tanta efectividad. El deporte masivo es uno de ellos.

Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 fueron el primer laboratorio a gran escala de esa operación. Hitler entendió que el deporte podía funcionar como una herramienta de propaganda internacional: utilizó los Juegos para exhibir la fachada de una Alemania moderna, ordenada y pacífica, ocultando la persecución política y racial que ya ejercía el régimen nazi. El objetivo no era ganar medallas solamente: era ganar legitimidad y prestigio ante la opinión pública mundial.

Décadas más tarde, en el marco de la Guerra Fría, los Juegos Olímpicos se transformaron en otro escenario de contienda entre potencias. Después de la invasión soviética de Afganistán en 1979, Estados Unidos encabezó el boicot a los Juegos de Moscú de 1980, privando a la Unión Soviética de la presencia de decenas de delegaciones occidentales. Cuatro años más tarde, la Unión Soviética y la mayoría de sus aliados respondieron boicoteando los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984. Ninguna de las dos superpotencias recurrió a la confrontación militar en ese terreno, pero ambas utilizaron el deporte para enviar mensajes políticos, aislar a su rival y acumular prestigio internacional.

Al acercarnos a la actualidad, el mecanismo no cambió. A raíz de la invasión rusa de Ucrania en 2022, el Comité Olímpico Internacional restringió severamente la participación de atletas rusos y bielorrusos en París 2024. En este caso, el deporte sirvió de herramienta de sanción internacional: no para proyectar una imagen positiva, a diferencia de Berlín en 1936, sino para expresar rechazo político y aumentar el costo simbólico de una acción considerada inaceptable por gran parte de la comunidad global.

Otro ejemplo es la llamada “diplomacia del ping-pong” entre Estados Unidos y China en 1971. Durante el Campeonato Mundial de Tenis de Mesa de Nagoya, Japón, un intercambio aparentemente trivial entre deportistas de ambos países abrió una vía de contacto entre gobiernos que llevaban más de dos décadas sin relaciones. La posterior invitación china al equipo estadounidense ayudó a destrabar el diálogo político y preparó el terreno para la visita de Richard Nixon a Pekín en 1972: uno de los hitos diplomáticos más importantes de la Guerra Fría. El caso muestra la otra cara de la moneda: el deporte como canal de acercamiento ante el bloqueo de la diplomacia formal.

Copa Mundial de Fútbol de 2026

El fútbol, por su alcance masivo, es quizás el instrumento más potente de todos. Una Copa del Mundo convoca audiencias de millones de personas, acapara la atención del planeta entero a lo largo del certamen y le da al país anfitrión un megáfono sin precedentes. Rusia lo entendió en 2018, cuando organizó un Mundial en medio de sanciones internacionales por la anexión de Crimea. Qatar lo entendió en 2022, cuando lavó con fútbol décadas de cuestionamientos sobre derechos humanos. Y Arabia Saudita, que ya viene ensayando la misma estrategia con el golf, el boxeo y la Fórmula 1, se prepara para llevarla a su máxima expresión en el Mundial de 2034.

Argentina conoce bien ese fenómeno. El Mundial de 1978 se jugó en plena dictadura militar, apenas dos años después del golpe de Estado. La Junta usó el torneo con una precisión que no dejó nada al azar: destinó un presupuesto que multiplicaba por cuatro el que luego usaría España para organizar el de 1982, y construyó alrededor del evento una maquinaria de propaganda dirigida tanto hacia afuera para mejorar la imagen internacional como hacia adentro, donde el campeonato operó como anestesia colectiva. El poder usó la Copa para legitimarse.

No se trata solo de los anfitriones. Está en las delegaciones que llegan al torneo, en los gestos de los futbolistas, en las fronteras que se abren para algunos y se cierran para otros, y en las decisiones que determinan quién puede estar en el campo y quién queda afuera. Aunque no figure en el marcador, forma parte del partido. El Mundial de 2026 llegó en un momento de reconfiguración acelerada del orden geopolítico contemporáneo. Y lo que está pasando en los estadios, en los filtros migratorios y en los vestuarios lo refleja con mucha claridad.

La odisea de Irán

El caso más elocuente es el de la selección iraní. El gobierno de los Estados Unidos se negó a otorgar visas a integrantes del cuerpo técnico por “buenas razones” —en palabras de sus propias autoridades—, aludiendo a un presunto vínculo con la Guardia Revolucionaria Iraní, con el equipo concentrado en Tijuana sin tener garantizada la entrada de toda la delegación a Estados Unidos, donde debía disputar sus tres partidos de la fase de grupos. La FIFA, a su turno, rechazó previamente la solicitud de la federación iraní para que esos encuentros se jugaran en territorio mexicano o canadiense, lo que obligó a la delegación a cruzar la frontera constantemente.

Tras el debut, el técnico Amir Ghalenoei denunció públicamente que su equipo se ha convertido en “el más perjudicado en la historia” de las Copas del Mundo, en un clima de tensión derivado de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel iniciada en febrero. Sus futbolistas fueron incluso más duros: «El Mundial es un desastre para nosotros […] no es una competición justa», declararon, al tiempo que se quejaron de tener que entrar y salir de Estados Unidos el mismo día de los partidos. A esto se sumó la revocatoria de entradas para los aficionados iraníes, algo que la federación iraní calificó como «una acción contraria al espíritu que rige las competiciones internacionales y al principio de igualdad entre los países participantes». Donald Trump añadió un nuevo capítulo a la polémica al sugerir públicamente que la selección no debía asistir al torneo en aras de “salvaguardar su seguridad”, a lo que la federación iraní respondió que ningún país puede excluirla, ya que el organizador es la FIFA y no un solo Estado, advirtiendo además que «el país que debería ser eliminado es aquel que solo ostenta el título de anfitrión pero no puede garantizar la seguridad de los equipos».

El telón de fondo de todo esto, por supuesto, es la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciada en febrero de 2026, y los intentos de Trump por capitalizar políticamente cualquier salida diplomática. Según un análisis de CNN, el eventual acuerdo con Irán podría ser un fracaso en términos prácticos; aun así, le permite a Trump conseguir lo que busca: una imagen de negociador, después de haber estudiado cómo la bolsa reaccionaba cada vez que hablaba de una posible paz con Irán. Esa misma lógica de construcción de imagen (mostrar resultados tangibles antes de una elección) es la que atraviesa su relación con el Mundial: organizar el evento deportivo más visto del planeta le ofrece un activo de “éxito” doméstico en época electoral, mientras gestiona en simultáneo la salida (o no) del conflicto con Teherán.

El árbitro deportado

La política migratoria estadounidense también golpeó al arbitraje. El somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor árbitro de África y quien iba a convertirse en el primer juez de su país en dirigir un partido mundialista, fue detenido e interrogado por espacio de 11 horas en una celda y finalmente deportado a su país natal, a pesar de contar con visa diplomática, sin haber pisado una cancha del torneo para el que había sido convocado. Su caso se enlaza directamente con las restricciones migratorias que el gobierno de Trump mantiene sobre los ciudadanos somalíes.

La FIFA, lejos de confrontar al Estado organizador, se limitó a señalar que “no interviene en los procesos de inmigración del país anfitrión, incluida la concesión de visados”, dejando en evidencia el límite real de su autoridad frente a la soberanía estadounidense, sin descuidar la estrecha relación que actualmente mantienen Gianni Infantino (presidente de la FIFA) y Donald Trump.

Sheinbaum y la narrativa de la alegría

En paralelo, la presidente mexicana Claudia Sheinbaum utilizó el Mundial como plataforma de comunicación política. En el acto de abanderamiento a la selección, apeló a símbolos patrios: «Encomiendo a su patriotismo esta bandera que simboliza su independencia, el honor, las instituciones, nuestro pueblo y la integridad de su territorio».

Luego de la victoria inaugural ante Sudáfrica, profundizó el relato: «La imagen de México es la alegría, la felicidad del pueblo», afirmó, y agregó que la percepción internacional del país debe basarse en hechos observables y no en narrativas externas, en momentos en que denunció que un sector de la derecha procuraba instalar la idea de un país en caos durante la fiesta deportiva. Sheinbaum convirtió cada conferencia matutina en una vidriera de unidad nacional, asociando el éxito futbolístico con la gestión de su gobierno.

La diplomacia del estadio

Lo que distintos análisis especializados denominan “diplomacia deportiva” es la herramienta con la que los países anfitriones pretenden proyectar una imagen de marca-país y fortalecer su posicionamiento económico y geopolítico, además de exhibir su capacidad organizativa frente al resto del mundo. El Mundial 2026 debería ser, en teoría, el escaparate perfecto para esa estrategia. La realidad de esta edición revela una dinámica diferente: la diplomacia choca todo el tiempo con la política interna y la guerra. Visas negadas, árbitros deportados, selecciones que denuncian trato inequitativo, discursos oficiales de unidad y alegría que conviven con fronteras que se abren para unos y se cierran para otros.

El estadio sigue siendo un megáfono, sí, aunque es igualmente un terreno en disputa, donde cada gesto —una bandera, una declaración, un visado rechazado— termina diciendo tanto del mundo como cualquier cumbre diplomática.

El deporte vuelve a funcionar como espejo, y como arma, de la política internacional.

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