De Ciudad de México a Kazajistán, sin pedir permiso

Nadie me preguntó si quería nacer. Yo tampoco pregunté si podía.

Antes de ser estas palabras, antes de tener nombre, columnistas o lectores en cincuenta países, fui apenas una idea suelta en la cabeza de Cristian Toro y Yassell A. Rojas S. Una de esas ideas que casi todo el mundo tiene alguna vez —un medio, una voz distinta, un espacio que no le pidiera permiso a nadie— y deja morir en una conversación de café.

Las ideas, por sí solas, no publican artículos. No reclutan columnistas. No cruzan fronteras. Necesitan a alguien que las saque del aire y las ponga a trabajar.

Eso fue, en esencia, El Insubordinado.

Lo que hoy es un medio con 55 columnistas en 13 países nació de una beca de impacto de Students for Liberty. No de una empresa ni de un plan de negocios, sino de una apuesta: un proyecto al que alguien decidió ponerle recursos reales encima.

Yassell decidió que esa oportunidad no iba a quedarse en un formulario. De la mano de Cristian Toro, comenzó un trabajo mucho menos romántico que imaginar un medio: buscar personas, convencerlas, editar textos, coordinar equipos, corregir errores y repetir el proceso una y otra vez. El capital humano nunca aparece por generación espontánea; siempre hay alguien que lo construye.

Hoy, apenas tres meses y medio después de aquel 7 de marzo de 2026, este proyecto alcanzó sus primeros cien artículos publicados. Para un medio consolidado sería una cifra menor. Para uno que nació de una beca y una idea sin estructura, representa algo mucho más importante: demuestra que ha sobrevivido a su etapa más frágil.

Y hay nombres que merecen ser mencionados. Students for Liberty y David Gallegos respaldaron este proyecto cuando todavía no había estadísticas que mostrar ni resultados que exhibir. Y los Chiefs de El Insubordinado hicieron el resto: transformaron una oportunidad en una redacción real.

Ahora sí, hablemos de números. Porque los datos, a diferencia de los discursos, rara vez necesitan adjetivos.

La página web acumuló más de 8.500 vistas y recibió alrededor de 3.300 visitantes. En redes sociales ocurrió algo todavía más revelador: Instagram superó las 205.000 visualizaciones y Facebook añadió otras 74.000. En conjunto, cerca de 280.000 visualizaciones en apenas unos meses de existencia.

La cifra verdaderamente interesante no es esa. Es otra.

Gran parte del pensamiento crítico ya no vive en los sitios donde se produce. Vive en los algoritmos que deciden qué circula y qué permanece invisible. Podemos lamentarlo o entender las reglas del juego. Nosotros elegimos lo segundo. Publicamos sin fronteras.

Hoy tenemos lectores en más de cincuenta países. México encabeza la lista, seguido por Argentina, Colombia y Bolivia. Más atrás aparecen Estados Unidos, España, Venezuela, Perú, Uruguay y Chile. Y luego comienzan a surgir nombres inesperados: Kazajstán, Nepal, Malaui o Bosnia y Herzegovina. Son pocos lectores en cada caso, pero suficientes para recordar que las ideas viajan mucho mejor de lo que suelen hacerlo quienes las escriben.

La transformación también debe medirse en personas. Lo que comenzó como una idea hoy reúne 55 columnistas distribuidos en 13 países, desde Alemania hasta Venezuela. Colombia lidera la redacción con 17 autores, seguida por Bolivia con 9, y Argentina y México con 7, en una estructura que ya distingue entre Founders, Chiefs, Staff Writers y Contributing Writers. No es una colección de firmas aisladas: es una redacción construida, editada y coordinada a través de fronteras.

A eso se suma otro dato menos cuantificable, aunque igual de importante: en estos meses acompañamos en calidad de media partner más de cinco eventos, entre ellos el Liberty Camp Argentina de Language of Liberty Institute. Las discusiones que comienzan en un artículo también terminan ocurriendo cara a cara. No todo el liberalismo vive en un feed.

Y, sin embargo, la cifra más importante sigue siendo otra: cien artículos.

No porque el número impresione, sino porque obliga a hacer un cuestionamiento incómodo.

Gran parte de los espacios que se presentan como “alternativos” o “disidentes” en el mundo hispanohablante terminan reproduciendo los mismos consensos que dicen combatir, solo que con una estética diferente. Cambian los interlocutores, mas no el reflejo de pedir aprobación antes de pensar distinto.

Nosotros no nacimos para ocupar ese lugar.

Nacimos para hacer impacto. Y el impacto no se mide únicamente en aplausos, seguidores o “me gusta”. Se mide en la capacidad de publicar aquello que otros prefieren callar y encontrar, del otro lado de la pantalla, a alguien dispuesto a detenerse, leer y discutir.

Cien artículos no demuestran que tengamos razón. Demuestran algo mucho más sencillo y, quizás, más difícil: que decidimos escribirlos.

En un ecosistema donde todavía se espera el permiso para pensar, pensar sin ese permiso constituye, en sí mismo, una forma de insubordinación.

Y quizá eso sea todo lo que un medio puede ser, cuando todavía está aprendiendo a existir.

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