La libertad no se defiende censurando

La controversia desatada en torno a Abelardo de la Espriella ha puesto sobre la mesa una discusión mucho más importante que una campaña presidencial. La decisión de restringir el uso de determinados símbolos, consignas y elementos asociados a su movimiento político abrió un debate sobre las atribuciones del poder estatal y el lugar que ocupa la libertad de expresión dentro de una democracia.

Las restricciones impuestas por vía judicial fueron presentadas como una medida destinada a proteger determinados principios institucionales. Sin embargo, sus consecuencias parecen haber sido distintas. El creciente interés por las camisetas, la difusión más amplia del lema “Defensores de la Patria” y la atención mediática generada por el caso sugieren que el intento de acotar un mensaje político terminó amplificando su alcance.

No se trata de un fenómeno nuevo. Cada vez que una autoridad intenta restringir un mensaje político que cuenta con respaldo social, corre el riesgo de transformarlo en símbolo de resistencia. Las personas suelen reaccionar con desconfianza al percibir que una institución pretende determinar qué pueden apoyar, qué pueden vestir o qué ideas pueden expresar públicamente.

El aspecto más delicado de este episodio no radica en la figura de Abelardo de la Espriella. Las democracias no deben diseñar sus reglas pensando en un candidato específico, sino en los principios que regirán para todos los ciudadanos. Cuando el Estado adquiere facultades para intervenir en la comunicación política, se establece un precedente cuya aplicación futura nadie puede controlar completamente.

Hoy la restricción puede dirigirse contra un movimiento conservador. Mañana podría afectar a una corriente liberal, socialista o de cualquier otra orientación ideológica. El problema no depende de quién ejerza el poder: depende de la existencia misma de una herramienta que permite limitar la expresión política.

La libertad de expresión constituye uno de los pilares fundamentales de una sociedad abierta. Su importancia no reside en resguardar opiniones populares o consensos ampliamente aceptados: su relevancia se manifiesta al resguardar ideas incómodas, impopulares o críticas frente al poder. Una libertad que solo ampara aquello que resulta conveniente para las autoridades deja de ser libertad y se convierte en privilegio.

La preocupación adquiere mayor relevancia al observar la dirección que han seguido numerosos proyectos socialistas en distintas partes del mundo. Aunque sus promotores suelen presentar sus propuestas bajo la premisa de propiciar mayores niveles de “igualdad” o “justicia social”, la experiencia histórica revela una tendencia recurrente: la concentración progresiva de poder en las instituciones estatales.

Ese proceso rara vez comienza con medidas extremas. Avanza mediante intervenciones graduales que parecen razonables cuando se consideran aisladamente. Primero se regulan ciertas actividades económicas. Después se amplían los controles administrativos. Más tarde aparecen restricciones sobre contenidos educativos, discursos públicos o medios de comunicación. Toda disposición se justifica como una excepción necesaria. Con el tiempo, las excepciones terminan redefiniendo la norma.

En Colombia, un fortalecimiento de las tendencias estatistas podría representar riesgos importantes para el sano ejercicio de las libertades que corresponden al individuo. La libertad económica podría verse afectada por regulaciones cada vez más extensas, mayores cargas tributarias y obstáculos crecientes para la iniciativa privada. La libertad educativa podría quedar subordinada a proyectos ideológicos impulsados desde el aparato estatal. La libertad de prensa podría enfrentar mecanismos de presión política, financiera o regulatoria destinados a reducir el espacio para las voces críticas.

No obstante, el peligro más profundo se encuentra en el ámbito cultural. Si una sociedad comienza a aceptar que determinadas opiniones merecen menos protección que otras, el pluralismo se erosiona paulatinamente. El debate público deja de basarse en argumentos y se desplaza hacia la potestad de las instituciones para favorecer unas posiciones y obstaculizar otras.

Las sociedades libres prosperan gracias a la competencia abierta de ideas. Los ciudadanos evalúan propuestas, contrastan argumentos y toman decisiones sin que una autoridad determine previamente cuáles posiciones merecen ser escuchadas. La confianza en ese proceso es una de las bases esenciales de la democracia liberal.

El episodio relacionado con Abelardo de la Espriella trasciende los detalles de una campaña electoral. Plantea una pregunta fundamental: ¿Debe el Estado limitar expresiones políticas pacíficas o debe garantizar que todas las corrientes compitan en igualdad de condiciones? La respuesta marcará la diferencia entre una democracia que confía en el juicio de sus ciudadanos y otra que deposita cada vez más poder en manos de las instituciones.

Las ideas no desaparecen porque un tribunal las prohíba: desaparecen cuando dejan de convencer. Mientras conserven capacidad de persuasión, encontrarán nuevos espacios para difundirse. Por esa razón, la defensa de la libertad sigue siendo el mejor antídoto contra cualquier forma de autoritarismo, venga de donde venga y se presente bajo el nombre que se presente.

Comentarios

Una respuesta a «La libertad no se defiende censurando»

  1. […] Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado. […]

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