“The question isn’t who is going to let me; it’s who is going to stop me.”
— Ayn Rand
“La pregunta no es quién me lo va a permitir, sino quién va a detenerme”.
A la mujer que, a través de su trabajo, me enseñó mucho más de lo que ella imagina.
Desde muy pequeña odiaba los impuestos. No porque entendiera de política o economía, sino porque crecí viendo a mi mamá trabajar mientras el Estado parecía ponerle obstáculos constantemente a quienes más se esforzaban.
Mi mamá, América, es psicóloga organizacional y empresaria en Bolivia. Fue la primera profesional de su familia y fundó una empresa de recursos humanos llamada TERCIARIZA. Sin embargo, siendo yo niña, todo eso estaba lejos de ser una empresa consolidada. De hecho, los primeros recuerdos que tengo de ese proyecto son bastante más simples.
En esa época vivíamos en la casa de mi abuela y mi mamá había improvisado una pequeña oficina dentro de nuestro mismo cuarto. Tenía un escritorio, una de esas computadoras enormes y antiguas, una impresora y algunos papeles. No había trabajadores, oficinas elegantes ni grandes equipos detrás de ella. Solo estaba mi mamá intentando construir algo desde cero.
Aún recuerdo una broma que teníamos entre las dos cada vez que alguien llamaba al celular. Dado que muchas veces podía tratarse de una llamada de trabajo, yo incluso contestaba con voz formal. Y cuando llamaban a la empresa, mi mamá respondía fingiendo ser la secretaria y decía: “Enseguida le paso con la licenciada América”. Segundos después, volvía a su voz normal y respondía tal cual le estuviera pasando la llamada a otra persona.
Hoy me causa ternura recordarlo, aunque también me hace pensar en lo que significa realmente comenzar desde la nada.
Yo crecí viendo a una mujer trabajar durante jornadas agotadoras para sacar adelante a su hogar y sostener un proyecto propio en un país donde emprender no suele ser sencillo. Y junto con esa admiración, fui absorbiendo contradicciones que, en ese momento, no sabía nombrar, pero que terminaron echando raíces en mí.
Recuerdo escuchar permanentemente conversaciones sobre impuestos, facturas, trámites y multas. En Bolivia, el problema nunca fue solamente pagar impuestos; el problema era vivir bajo un sistema burocrático que deseaba encontrar nuevas maneras de sancionarte por cualquier error mínimo. Bastaba un pequeño detalle administrativo, una factura mal emitida o un descuido insignificante para recibir penalizaciones absurdas.
Por eso mi mamá siempre estaba pendiente de las facturas. Desde muy pequeña me pedía que cada compra que hiciera saliera a su nombre. Yo probablemente no entendía cómo funcionaba el sistema tributario, y aun así entendía algo mucho más simple y humano: veía a alguien esforzarse muchísimo para ganar dinero y luego vivir inquieta a cada instante porque el Estado parecía dispuesto a llevarse una porción cada vez mayor de ese esfuerzo.
Eventualmente entendí que lo que estaba viendo iba más allá del estrés financiero. Ahí comprendí hasta qué punto un sistema podía dificultarle a una persona forjar el proyecto de vida que había elegido para sí misma. Mucho después descubriría la frase de Alberto Benegas Lynch (h) que resume perfectamente esa intuición que tuve desde niña: “El liberalismo es el respeto irrestricto por el proyecto de vida ajeno, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, la libertad y la propiedad”. A menudo sentía que eso era precisamente lo que no ocurría.
Porque mi mamá no solo intentaba mantener una empresa. Intentaba crecer, generar oportunidades, darle forma a un sueño propio y brindarle una mejor vida a su familia, pese a que el sistema buscaba ponerle trabas en cada paso.
Sin darme cuenta, empecé a desarrollar una intuición muy fuerte en torno a la injusticia.
Además, había otra contradicción que me llamaba la atención. Frente a quienes repetían que los empresarios eran ambiciosos y egoístas, yo convivía con una realidad completamente distinta dentro de mi casa. Era testigo de una mamá que se preocupaba genuinamente por las personas que trabajaban con ella, persistiendo en generar más oportunidades y queriendo ofrecer mejores condiciones a su equipo. La escuché decir incontables veces que le habría gustado pagar más o dar todavía más beneficios; gran parte de los recursos se diluían entre impuestos, cargas laborales y costos burocráticos.
Eso hizo que desde muy niña desconfiara de la caricatura simplista del empresario reducido a una figura indiferente o explotadora. La realidad que yo observaba todos los días era muchísimo más compleja.
También caí en cuenta, años después, que mi mamá no había decidido convertirse en empresaria únicamente por vocación. El inicio de ese camino comenzó cuando una puerta se le cerró. Mientras estaba embarazada de mi hermano, estaba muy cerca de conseguir un trabajo que anhelaba con el alma. La contratación nunca llegó. Lo entendí al volver sobre esa etapa de mi vida con otros ojos: muchas empresas tienden a ver la contratación de mujeres embarazadas desde una lógica de costo y riesgo por todas las obligaciones que implica el sistema laboral.
Y ahí surgió otra contradicción que dejaría una huella profunda en mi modo de pensar. Numerosas políticas concebidas con la intención de proteger a las mujeres se traducen, en la práctica, en complicaciones para sus oportunidades laborales. Con el tiempo entendí esto desde una perspectiva que hoy describiría como feminismo liberal: la idea de que la verdadera igualdad requiere oportunidades reales de acceso al trabajo, no más restricciones o costos para contratar.
Mi mamá se volcó al emprendimiento, en parte, por necesidad. Esa experiencia me reveló algo muy latinoamericano: muchísimas personas no emprenden porque tuvieron una gran idea revolucionaria, sino porque el sistema les cerró otras alternativas.
Sin embargo, lo que más me marcó no fueron solamente las adversidades: fue lo que mi mamá hacía con lo que lograba construir. Desde muy pequeña crecí acompañándola en campañas sociales organizadas desde su empresa, varias de ellas impulsadas desde su participación en Rotary. Mucho antes de familiarizarme con el concepto de responsabilidad social empresarial, yo ya la había visto en práctica cotidiana. Recuerdo campañas navideñas donde reuníamos cientos —y a veces miles— de juguetes junto a clientes y donantes para llevarlos a comunidades alejadas de la Chiquitanía o de los Guarayos. Se me vienen a la memoria actividades para recolectar zapatitos para niños que caminaban descalzos en los mercados, campañas para llevar peluqueros a centros de adopción o iniciativas para regalar flores a mujeres comerciantes en el Día de la Madre.
Y, aunque muchas de estas acciones tenían visibilidad porque involucraban a voluntarios y colaboradores, hubo otras que nunca estuvieron en ningún registro público. Año tras año vi a mi mamá ayudar a personas silenciosamente, sin cámaras ni reconocimiento. Hubo ayudas que jamás se contaron y de las que solo yo fui testigo. Entre todas ellas, siempre vuelve Rodrigo, un niño con parálisis cuya madre vendía pastillas en un mercado de mi ciudad y hacía lo posible por sostenerlo; durante largo tiempo, mi mamá colaboró con pañales, medicamentos y víveres para él.
Por eso, ante discursos incapaces de reconocer humanidad detrás del rol del empresario, algo dentro de mí sabía que esa historia estaba incompleta. Yo había visto otra cosa: personas creando, organizando, donando y ayudando voluntariamente sin necesidad de coerción. También había visto al Estado ausente en demasiados lugares donde sí llegaban personas privadas dispuestas a ayudar.
Con el tiempo, todas esas experiencias empezaron a tener nombre: liberalismo, libertad económica, capitalismo. Pero cuando finalmente descubrí esas ideas de manera más formal, sentí una extraña sensación. No estaba encontrando nada completamente nuevo; más bien, estaba entendiendo lo que había visto toda mi vida.
Mi defensa de la libertad no nació primero en libros, cursos o conferencias. Nació en las contradicciones que observé de niña. Nació viendo a una mujer trabajar incansablemente mientras el sistema le dificultaba avanzar. Nació viendo cómo soluciones concretas venían de personas actuando libremente, creando valor y ayudando a otros desde la sociedad civil.
Hoy, además, entiendo esas experiencias desde una mirada de feminismo liberal que defendemos en una de las organizaciones que integro, Ladies of Liberty Alliance: la convicción de que la igualdad real requiere menos barreras y más oportunidades.
Por eso hoy 27 de mayo, en el Día de la Madre boliviana, más que hablar de política, quiero hablar de ella. De una mujer trabajadora, resiliente y profundamente generosa, que me enseñó, mucho antes de que yo pudiera explicarlo, que existen personas capaces de transformar vidas construyendo, innovando y ayudando a otros desde la libertad.
Y quizás por eso, cuando finalmente conocí el liberalismo, sentí que no estaba descubriendo una nueva forma de pensar, sino simplemente poniendo nombre a tantas cosas que ya había aprendido observando a mi mamá.
Con los años, buena parte de esas intuiciones encontraron eco en autores e intelectuales liberales. Entre ellas, una frase de Miguel Anxo Bastos que siempre me ha marcado: “capitalismo, ahorro y trabajo duro”. Porque, incluso antes de conocer esas ideas, en materia de teoría, yo ya las había visto en práctica todos los días: en una mujer que empezó una empresa desde un cuarto improvisado, que trabajó incansablemente para sacar adelante a su familia y que nunca dejó de ayudar a otros en el camino.
Hoy solo puedo decirle a mi mamá: Gracias por enseñarme, sin saberlo, algunas de las ideas que acabarían moldeando mis principios, a mi manera de entender la libertad y al sentido detrás de todo mi activismo: el valor del trabajo duro, de hacer realidad nuestros sueños, de la responsabilidad individual y del respeto irrestricto por el proyecto de vida de los demás.


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