El hereje de la tribu

«En la vida hay dos tipos de mesas: aquellas a las que la gente llega porque tiene hambre, y aquellas a las que llega porque quiere quedarse conversando hasta que se enfríe el café. Yo elijo las segundas. Por eso valoro tanto la honestidad, incluso cuando incomoda, duele o el tono en que me dicen las cosas no es el que me gustaría recibir: porque decir la verdad, sin máscaras ni disfraces, sigue siendo la forma más valiosa de respeto.»

— Cristian Toro

Desde que tengo uso de razón he sido, de una u otra manera, un disidente. Nunca he sido lo suficientemente agradable para una mayoría considerable, ni he tenido el privilegio de permanecer mucho tiempo dentro de lo que en mi natal Colombia llamamos “roscas”: esos pequeños círculos de influencia dentro de organizaciones o comunidades específicas, élites de pasillo, comités de salón o como prefiera llamárseles.

Casi siempre ocurre lo mismo. O quedo excluido desde el inicio o, si por azar logro entrar, sobreviene inevitablemente el instante en que ni ellos ni yo podemos sostener tan burda ficción: su incapacidad para permitir que aquello que dicen defender fluya con coherencia termina por hacer imposible nuestra convivencia.

Así ha sido siempre. Quiera o no, suelo romper el molde. Y no, no se trata de un complejo de “único y diferente”. Para eso ya existen ciertos activistas que hacen de la diferencia una identidad performativa y que ocupan, con entusiasmo, lo que yo me atrevería a denominar “la primera línea” de las causas que enarbolan.

Lo mío es más sencillo, o quizá hasta más perturbador: cuando algo no tiene sentido, lo digo. Y cuando la dinámica de una tribu exige silencio, opto por quedarme fuera de ella.

A las puertas de cumplir mi aniversario N.º 38, hago esta exhortación desde el que ahora es mi hogar: El Insubordinado. Eso sí, más adelante explicaré por qué hoy puedo llamarlo así.

Todo comenzó desde muy chico. Este —no sé, llamémoslo— atrofiado espécimen de la raza humana, a sus escasos 7 años, exhibía una capacidad de aprendizaje y raciocinio como pocos —y aclaro: no es que yo sea un arrogante de mierda; exactamente, son los hechos. La verdad, yo debería ser un poco más sobrado, porque la soberbia es una “virtud” de la cual he carecido—, en especial en lo concerniente a las disciplinas humanas que emplean números. Porque, modestia aparte, soy el rey de las matemáticas.

Por supuesto, personas así provocan rechazo en la institución educativa a la que pertenecen, inclusive desde el mismo profesorado: los docentes de países tan tercermundistas como los nuestros aman a los alumnos aplicados, pero no toleran que uno de ellos demuestre ser superior a su propio conocimiento. Ya entrando a mis 10 años, y pese a continuar siendo un destacado estudiante —no únicamente en números, también en otras áreas—, la expulsión de la tribu del alumnado se tornaba más evidente con el paso del tiempo. La lógica parecía ser la siguiente: si no puedes agacharte para estar a nuestra altura, te apartamos o te reventamos. Lo más insensato de todo es que, en aquel entonces, siendo apenas un preadolescente, varias veces busqué encajar. ¡Qué estúpido!

Esa fue la ocasión en que advertí una constante que luego vería repetirse una y otra vez: no solamente en Colombia y en el resto de la región, sino en casi cualquier entorno, los grupos humanos tienden a reaccionar con hostilidad frente a aquello que no encaja en su molde. En lugar de hacerlo florecer o permitir que prospere, buscan todos los medios posibles para neutralizarlo o destruirlo.

Siempre ha sido así. Ningún ser —o ninguna creación— que haya sido considerado extraordinario en nuestra historia la tuvo fácil. Y la verdad es que sí: soy extraordinario. Solo que no en el sentido grandilocuente de la palabra. No. Soy simplemente un mortal que intenta hacer algo de más: un hombre ordinario que procura hacer algo extra.

En casa tampoco fue sencillo. Mi madre, mis hermanos y yo nos forjamos prácticamente a la par enfrentando a quien, gústeme o no, terminó por ser uno de mis grandes maestros: mi padre. No porque fuera un ideal a seguir —de hecho, es más bien uno de mis referentes a la hora de evitar dar pasos en falso—; su carácter marcó buena parte de mi forma de entender el mundo. Para él yo era, al mismo tiempo, su hijo favorito y su mayor frustración: odiaba no poder descifrarme, odiaba que dejara de sucumbir a sus manipulaciones y odiaba que no pudiera controlarme. Tanto así que, cuando supo que yo era gay, me obligó a asistir —sin que el resto de mi familia lo supiera— a terapias de conversión; esa historia, no obstante, merece contarse con más calma, y preferiblemente en otro momento.

A los 15 años ingresé a la universidad, tras un bachillerato muy desastroso en un colegio mediocre, con profesores mediocres y una generosa cantidad de compañeros de clase igualmente mediocres —a excepción de dos hermosas gemelas que fueron lo único bueno que me pasó en ese antro educativo de poca monta—, al pregrado de ingeniería electrónica. Honestamente, yo quería ser abogado, pero no se pudo: lo poco que papá capitalizó en vida dudo que lo que me correspondía lo hubiera heredado. Ese fue el primer lugar en donde entendí que tanto la izquierda como la derecha son un asco y, simultáneamente, coincidí por primera vez con las ideas de la libertad; paradójicamente, esas ideas las adopté como estilo de vida tras perpetrar un robo —episodio que amplío en detalle en una conversación que tuve con mi buena amiga Gloria Álvarez en su podcast Red Pill Nation—.

Después de haber vivido casi toda mi infancia y adolescencia en Manizales —la capital del departamento de Caldas, en Colombia—, una ciudad a la que resolví no volver salvo si es estrictamente necesario, supuse que al llegar a la universidad por fin encontraría mi tribu. Nada más alejado de la realidad.

Durante esos años compartí espacios con personas brillantes, indudablemente. Con el tiempo comprendí, sin embargo, que las premisas desde las cuales la mayoría interpretaba el mundo no iban conmigo. La diferencia no era menor ni superficial: era filosófica, moral y de supervivencia. Por esa razón tomé una decisión que muchos consideran extraña, aunque para mí era inevitable: alejarme del círculo social que había construido durante esos cinco años.

Tenía a lo sumo veinte años cuando emprendí mi vida laboral en una nueva ciudad: Medellín, la capital de la montaña. Supuse que tal vez allí encontraría lo que hasta entonces me había sido esquivo.

Albert Camus escribió que el rebelde es aquel que, frente a una orden injusta o una circunstancia que niega la dignidad humana, pronuncia una palabra simple pero clave: no. Ese “no” no es una negación vacía ni un gesto adolescente de inconformismo. Es el inicio de una afirmación moral: el reconocimiento de que subyace algo dentro de cada individuo que no puede ser sometido sin traicionarse a sí mismo.

Ser rebelde, en ese sentido, no es vivir en permanente oposición con el mundo, sino negarse a asumir aquello que degrada la libertad interior. Por eso la rebeldía auténtica no se limita a consignas políticas ni a estéticas de disidencia. Es una actitud existencial. Y en mi caso, también es un estilo de vida.

Así, con el paso de los años, he descubierto un principio que, para ciertas personas, resulta incómodo: soy un hereje. No en la connotación banal con la que muchas veces se utiliza la palabra. Hablar de herejía, en este punto, remite a su significado más profundo: alguien que se niega a aceptar verdades obligatorias meramente porque una colectividad, una institución o una tradición las declara incuestionables.

He escapado de más de una secta. Del catolicismo, por ejemplo, uno de los ejercicios más radicales de honestidad intelectual de mi vida. No porque desprecie la dimensión espiritual del ser humano —de hecho, creo que existe una fuerza superior que mueve el universo—. El problema es distinto: detesto la manera en que las religiones, como instituciones humanas, han pretendido monopolizar esa relación.

Las comunidades de fe pueden ofrecer consuelo o sentido. Las instituciones religiosas, en cambio, frecuentemente han sido artefactos de poder. Y cuando el poder se mezcla con la convicción de hablar en nombre de lo divino, la consecuencia suele ser la misma: un baño interminable de sangre. El fanatismo religioso y la pretensión de ser un enviado de Dios han sido, probablemente, una de las manifestaciones más peligrosas de extremismo que la humanidad ha conocido.

El impulso hereje no se detuvo en la religión. Asimismo, me ha llevado a desconfiar de los dogmatismos que aparecen dentro de los propios espacios intelectuales en los que uno se moviliza. Soy libertario minarquista y muy cercano al objetivismo. Defiendo el liberalismo con firmeza porque es, sin duda, la filosofía político-económica que más prosperidad, innovación y emancipación ha producido en la historia de nuestra especie. Ahora bien, incluso dentro de estas corrientes existen sectas: agrupaciones de ortodoxia rígida que confunden el pensamiento con un catecismo y la filosofía con la obediencia doctrinal.

He visto cómo algunos convierten las ideas de la libertad en un instrumento de exclusión, en un sistema de pureza surrealista donde cualquier matiz es tratado como traición. Y además he visto cómo personajes oportunistas —y otros más peligrosos— han intentado capturar estas ideas para ponerlas al servicio de agendas reaccionarias o abiertamente autoritarias. A esos los llamo los enemigos íntimos de la libertad.

La política contemporánea parece incapaz de comprender la complejidad del individuo. Si no te gusta Trump, te dicen que eres progre. Si defiendes la despenalización del aborto, también; si apoyas esa despenalización, aunque rechazas que el Estado la financie, entonces te dicen que eres una paradoja andante. Si defiendes el matrimonio homoparental siendo gay, eres progre. Si crees en una moralidad objetiva, eres conservador; pero si esa moralidad no es cristiana, vuelves a ser progre. La lógica tribal funciona así: reduce a las personas a caricaturas ideológicas para evitar enfrentarse a su pensamiento real.

El liberalismo, al menos en su mejor versión, me enseñó algo sumamente valioso: identificar falacias, contradicciones y falsas dicotomías. Gracias a eso aprendí que muchas de las categorías con las que la política intenta clasificar a las personas son, inexorablemente, absurdas.

Partiendo de esto, es que puedo aseverar sin temor a equivocarme que la negación de la individualidad adopta muchos rostros. En ocasiones proviene de las religiones. En otras de las ideologías. Y en algunas más aparece inclusive dentro de poblaciones que, irónicamente, dicen defender la diversidad.

Ser gay igualmente implica atravesar una perpetua serie de expectativas sociales. Demasiado masculino para unos; demasiado femenino para otros. Demasiado heteronormado para algunos; demasiado queer para otros. Demasiado romántico por regalar flores, fresas y chocolates o escribir poemas; demasiado frontal cuando se trata de expresar aquello con lo que no estoy de acuerdo. Demasiado tierno y complaciente para desempeñar el rol de activo en el acto sexual; demasiado impositivo y dominante para ser pasivo en ese mismo escenario. ¡Todo el mundo parece tener una idea sobre cómo deberías ser!

Y ese intento permanente de moldear al individuo termina produciendo exactamente lo contrario de lo que una ciudadanía libre debería promover: la negación de la singularidad humana.

Conforme fui madurando, advertí una lección que hoy considero primordial para preservar la libertad interior: no todas las mesas merecen nuestro asiento. La llamada teoría de la silla lo explica con una claridad casi brutal. Si tienes que pedir constantemente un lugar en una mesa, seguramente estás en la mesa equivocada. Las personas que realmente valoran tu presencia hacen algo elemental: sacan una silla. Y cuando eso no ocurre, lo más digno no es insistir, sino levantarse… o erigir tu propia mesa.

Esta idea conecta profundamente con una metáfora que Ayn Rand expresó de un modo asombroso. Una sociedad sana es como un bosque. Sin embargo, ese bosque no puede estar compuesto por árboles podridos. La vitalidad del conjunto depende de la fortaleza de cada individuo. El colectivismo invierte ese razonamiento: pretende sacrificar al árbol en nombre del bosque. En cambio, el liberalismo reconoce que la única vía para tener un bosque muy fuerte es proteger la libertad, la racionalidad y la autonomía de cada árbol. La sociedad no es el origen de la dignidad humana: es su resultado.

Ya para ir concluyendo, debo admitir que uno de los mayores aciertos de mi vida ha sido mudarme a México. No porque no ame a mi país. Para nada. Mi amor por Colombia recorre mis venas con la misma intensidad con la que uno recuerda la casa donde pasó sus primeros años de vida. Hay momentos en los cuales uno entiende que los anhelos que lleva dentro necesitan otro horizonte para ser desarrollados. Y, me guste o no, muchos de los proyectos y sueños que hoy me definen exclusivamente podían encontrar espacio para crecer en una plaza distinta al bello “país del Sagrado Corazón de Jesús”. Migrar no se reduce tan solo a cambiar de geografía. Es reorganizar la vida; es reconstruir afectos; es aprender a habitar el mundo de otra manera. Y en ese proceso acontece algo inesperado: aparecen personas que acaban siendo tu hogar. De lo más hermoso que me ha pasado en esta etapa de mi vida ha sido constituir, junto con otros espíritus igualmente inconformes e insubordinados, una suerte de familia cósmica en estas tierras. Una constelación improbable de afectos, ideas, proyectos y complicidades que hacen que la existencia se sienta cada vez más extraordinaria. Ahí están la Firma, mi Bichota, el Príncipe y algunos otros que han terminado convirtiéndose en piezas fundamentales de esta aventura vital.

Indiscutiblemente, durante mucho tiempo caminé entre espacios que, tarde o temprano, terminaban revelando sus límites.

Hasta que apareció El Insubordinado.

Un proyecto construido junto a un grupo increíble de personas provenientes de múltiples rincones de América Latina, unidos por una convicción esencial pero exigente: defender las ideas de la libertad con coherencia, rigor intelectual y valentía moral. No como eslogan político, no como identidad tribal: como una postura frente al hecho de vivir. Porque vivir como insubordinado significa algo muy concreto: pensar por cuenta propia, asumir las consecuencias de nuestras decisiones y no doblegar nuestro juicio al aplauso de la mayoría. En tiempos en los que la obediencia parece ser la norma, esa decisión se convierte en una forma de insurrección.

A estas alturas del partido he comprendido algo que explica mejor que cualquier teoría el camino que me trajo hasta aquí. A lo largo de mi vida, muchas veces me han llamado insubordinado. Y acaso no estaban del todo equivocados. No obstante, sería un error suponer que El Insubordinado es una sola persona. No lo es. Es un laboratorio de ideas, una comunidad de espíritus libres, un recinto para liberales de principios: es un movimiento que, por lógica básica, está destinado a crecer más allá de cualquiera de nosotros. Nadie puede encarnar por sí solo una rebelión que pertenece a muchos. Yo no soy El Insubordinado. Apenas soy uno entre varios que decidieron levantar esa mesa para que otros puedan sentarse a deliberar sin miedo. Y si algo he aprendido después de atravesar sectas, dogmas y expectativas que buscaban domesticar lo que soy, es que cada movimiento necesita también a quien se atreva a incomodar incluso dentro de la propia tribu. Por eso, si alguien insiste en ponerme un nombre, que sea este: yo soy EL HEREJE DE LA TRIBU.

Comentarios

2 responses to “El hereje de la tribu”

  1. Avatar de Maria nelsy toro vargas
    Maria nelsy toro vargas

    No podrías definirte mejor , soy quien te parió y sufrió contigo . Te amo inmensamente.

    1. Te amo, madre.
      Todo lo que soy empezó contigo.

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